En tiempo añejos la condición de aldeanos hacía alusión a los habitantes de una aldea en contraposición a los de una villa o ciudad. Se les presentaba como ejemplos de rusticidad, en contraposición al refinamiento de los otros. De ahí que se dijera de alguien que no había perdido el pelo de la dehesa.

Hoy día, la mentalidad aldeana puede darse en todas partes. Es propia de los que creen que lo suyo es lo mejor. Sus paisajes, sus monumentos, sus mujeres, su gastronomía… creen que  tienen una singularidad, una diferencia, étnica o cultural que les hace superiores a los demás. Los demás les envidian y todos los males que tienen se deben a la intromisión de los foráneos, a su llegada invasiva. (Salvo que sean ricos y vengan aquí a gastarse sus dineros).

Propio de la mentalidad aldeana es la rivalidad con el barrio, el pueblo, la comarca o el país vecinos.  Ven en ellos a sus peores enemigos. Los juzgan por estereotipos heredados y repetidos cien mil veces. ¿Se puede superar la mentalidad aldeana?. Sí, viajando, leyendo y sobre todo pensando por cuenta propia. Esto exige capacidad de autocrítica, individual y grupal. Imprescindible para ello, el sentido del humor, reírse de uno mismo,  de los míos, con ternura sí, pero con lucidez.

La mentalidad aldeana llegó a su culmen con la invención de las naciones políticas. ¿Qué una nación política?. Un constructo mental forjado por una nacionalismo. Se basa en la distinción radical entre el nacional y el extranjero. Y en la sacralización de unas fronteras, más mentales que físicas, que delimitan el territorio santo de la propia nación. La nación única e indivisible. Hacia dentro borrando toda suerte de pluralidad; para ello se escoge una zona como prototipo y a sus costumbres, que se suponen rígidas desde sus orígenes, han de supeditarse todos los grupos sociales e individuos que componen la nación. Uno de esos rasgos indelebles es el idioma. La nación política es monolingüe, los idiomas minoritarios dentro de ella han de ser proscritos y eliminados; lo mismo que las formas dialectales dentro del idioma común: se las presenta como formas pueblerinas y zafias. Para implantar esa cosmovisión nacionalista, los Estados-nación que se crearon en Europa a imitación del jacobinismo revolucionario, contaron con dos instrumentos. El ejército, con el servicio militar obligatorio (en esta concepción, el ejército es la nación en armas). Y la escuela nacional, para implantar el idioma oficial e inculcar un patriotismo sectario, por la enseñanza de una historia amoldada a sus pretensiones: con sus mitos fundantes y sus héroes significativos. A esto hay que añadir, los medios modernos de difusión social, vehículos de transmisión de la ideología nacionalista.

Frente a ese nacionalismo triunfante, creador del Estado-nación, se alzan, como reacción contra él, los nacionalismos emergentes. El caso español es claro. El nacionalismo español sólo triunfó a medias. Fue débil. La implantación del servicio militar no se hizo para todos: las familias ricas pudieron librar a sus hijos a cambio de pagar una cuota; así se libraron bastantes de morir en las desastrosas guerras de Cuba y Marruecos. Y un arcaico sistema tributario impidió la extensión de la escuela nacional, a los maestros les pagaban los ayuntamientos; así fue proverbial la frase, pasar más hambre que un maestro de escuela. Y los países con idioma propio -Cataluña, País Vasco y Galicia-, máxime si conservaban memoria de sus propias instituciones de autogobierno, desarrollaron un nacionalismo, contagiados de la fiebre del romanticismo, un nacionalismo de signo contrario. Eso sí con todas las características aldeanas de cualquier nacionalismo. Y copiando los mismo atropellos que aquellos contra Derechos Fundamentales de personas y grupos sociales de su territorio.

En la pugna dialéctica del central contra los periféricos, el grande tacha a estos de separatistas y de falsear la historia. ¿Por qué se pretende hacernos olvidar que los nacionalismos que han triunfado son también separatistas respecto de la común unidad cultural europea y falseadores de la historia? A los nacionalismos con Estados propio los sociólogos los califican de banales. ¿Por qué? Porque quienes los han aceptado, no se dan cuenta de su propio nacionalismo que han  mamado y aceptado acríticamente.  Y al principio el siglo XXI, en esta era de la globalización planetaria, son tan  aldeanos como los pequeños.

En Europa hemos avanzada a trancas y barrancas a esa unión monetaria y de mercado que es la Unión Europea. Controlada eso sí por los grandes mercaderes y aplicando la lógica inhumana de neoliberalismo. Para ello, se han cedido a Instituciones de la Unión jirones de ese mito que es la soberanía nacional. Esas cesiones y las tendencia hacia formas de federalización política están detrás del triunfo del Brexit en el referéndum británico.

¿Cómo podremos encarar esos graves retos dentro de las fronteras del reino de España? Sólo, opino yo, por la vía de un federalismo, hacia abajo y hacia arriba. Solución difícil pues no cabe en la cabeza de los nacionalistas centrales ni periféricos. Se precisa un gran pacto social y político que dibuje un nuevo mapa sin aldeanismos, señalando las competencias locales, de las autonomías, de las instituciones centrales españolas y europeas, en un clima de cooperación y coordinación. ¿Sabremos  superar las fronteras mentales que nos enjaulan? ¿Seremos capaces de sentirnos ciudadanos europeos sin olvidar nuestras vinculaciones por abajo y sin cierres hacia el exterior? ¿Verán nuestros descendientes hecha realidad ese sueño de una serie de patrias escalonadas, desde lo local  hacia la gran Europa, del Atlántico a los Urales, pero abierta a esa Matria común que es toda la familia humana que abarca el planeta entero?

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