Los seres humanos somos débiles  y frágiles. El miedo nos alerta de un peligro y nos pone en tensión. Si es grave, o lo percibimos como tal, nuestra atención se concentra para asegurar nuestra supervivencia. Una descarga de adrenalina recorre nuestro organismo. Nuestra biología nos dotó de tres respuestas básicas: huída, parálisis y ataque. Huir es frecuente, salir por piernas de la situación peligrosa. O convertirnos en estatuas paralizadas, nuestra falta de movimiento puede desorientar al agresor; muchos animales han desarrollado esta estrategia combinada con una mimetización con el entorno, como si se hicieran invisibles. O sentir una agresividad que puede llevarnos a atacar a quien nos agrede, aunque estemos en situación de inferioridad.

Pero hace siglos que vivimos en colectividad. Hemos creado un ambiente social que es nuestro hábitat cotidiano. Primero en pequeñas aldeas y luego en ciudades, cada vez más enormes. Esto nos da cierta seguridad frente a los demás seres. Pero el mayor enemigo pueden ser otros seres humanos. De ahí que las poblaciones se rodearon de murallas y se erigieron en lugares de difícil acceso. Pareciera que aquellos tiempos hubieran pasado, desgraciadamente no. Nos seguimos matando con medios cada vez más potentes y sofisticados. Sea un loco descontrolado o un terrorismo organizado trae en jaque el mundo entero. Un filósofo, Hobbes, dijo que el hombre es un lobo para el hombre. Aquel etólogo español que se llamaba Rodríguez de la Fuente, aseguraba que el ser humano es capaz de mayor crueldad que cualquier animal. Torturar, asesinar, por placer y ensañamiento, no llevado por la ira o el afán de proteger a los suyos, es un privilegio que nos corresponde a quienes nos decimos seres racionales. Cuando un lobo reconoce la superioridad de su contrincante, le ofrece la yugular al vencedor y éste no puede  consumar su agresión. Claro que también los humanos somos capaces de una generosidad desconocida en el reino animal. El perdón al enemigo, a quien me ha ofendido gravemente es exigencia nuclear de la fe religiosa, accesible también a personas increyentes. La grandeza del perdón radica en que nos libera de la sujeción al ofensor, de ahí que ni siquiera necesita que aquel se lo pida. Es un acto de total libertad.

El gran enemigo de la libertad es el miedo. Nos atenaza y en la sociedad actual en la que todo está mercantilizado, se pretende vender seguridad. Puertas blindadas, cámaras de vigilancia, alarmas conectadas a una central, bunkers a prueba de ataques atómicos o químicos. Del  miedo nacen -o pueden nacer- dos gemelos: el odio y la mentira. El temor grave, esa emoción perturbadora nubla las mentes y aprieta los corazones. Además es una patología sumamente contagiosa. El grupo agiganta el pavor ante un peligro real o imaginado. Si hay algo que homogeneiza a las sociedades desarrolladas es el miedo. Miedo a lo desconocido, al diferente, al disidente, al venido de fuera, sobre todo es pobre, si viste distinto, si tiene otras costumbres. Ese otro altera nuestra forma de vida, pone en peligro nuestra identidad cultural. El odio brota como una excrecencia directa del miedo. Son los poderosos, los amos del sistema los que lo propagan y alimentan.

El gemelo del odio es la mentira. Mentira creada y propagada en y a través de los medios de comunicación y las modernas redes sociales. ¿A quiénes aprovechan esas mentiras interesadas? ¿Quiénes obtienen beneficios, en términos monetarios y de poder, de esos embustes que alimentan la ausencia de un pensamiento crítico de las masas despavoridas?

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