Euskal Memoria

22/04/2016

Luis María Martínez Garate

Caminar, hoy, por la capital del reino de España, Madrid, me induce con frecuencia sensaciones familiares. Mi etapa de estudiante me permitió, como dicen los franceses, flâner –vagar, sería una traducción aproximada al español- por muchos barrios madrileños. Era el final de los años 60 del pasado siglo y Madrid acababa de alzar cabeza tras una triste posguerra, a pesar de haber salido vencedores en la contienda quienes de ella se reclamaban. Había dejado de ser el “poblachón manchego” que, según Mesonero Romanos, fue y, con bastante sufrimiento para mucha gente, se iba organizando como una ciudad moderna.

Todavía podías deambular por un “barrio dentro de otro barrio”, como era el Barrio de Pozas en Argüelles, junto a la calle de la Princesa, donde hoy se erige el clónico edificio de El Corte Inglés de Princesa. Fue derribado en 1972 por obra de algún alcalde “ilustrado”, en este caso el inefable Carlos Arias Navarro, el carnicero de Málaga, y posterior ilustre gobernador civil de Navarra (1954-57) como sucesor del también famoso Luís Valero Bermejo. El barrio estaba constituido por 21 edificios levantados en 1860 por el arquitecto Cirilo Urribarri.

En un recorrido por Madrid el caminante se encuentra muchos otros nombres de comercios que corresponden a apellidos o, en menor medida, nombres de indudable origen vasco. De mis paseos de aquellos años tengo en la memoria, en una calle, cuyo nombre no logro recordar, próxima a San Bernardo y Malasaña, un comercio de tintorería o de limpieza cuyo nombre era Birgin Selva.

Si nos fijamos en los nombres de calles o plazas se puede encontrar, siguiendo desde San Bernardo por los antiguos bulevares, la Glorieta de Bilbao. De ella parte una calle que lleva por nombre Luchana. Continuando por bulevares en dirección al Paseo de la Castellana se encuentra, hacia la izquierda, la calle de Monte Esquinza. También existe en Madrid una calle Oroquieta. ¿Qué tienen en común Bilbao, Luchana, Monte Esquinza, Oroquieta? Todas designan batallas de las guerras carlistas. De forma curiosa no se encuentra ninguna calle que haga mención a Oriamendi, Abárzuza o Lacar; ni tan siquiera a Arguijas. ¿Por qué unas sí y otras no? ¿De qué atributo participan las primeras que no lo hacen las segundas? ¡Premio! Que todas son victorias liberales en cualquiera de las dos guerras del siglo XIX. No hay una que haga mención a una victoria carlista.

Algo muy semejante sucede si indagamos nombres de próceres, militares, eclesiásticos o civiles, del mismo siglo que tienen calle en la Villa y Corte española. Encontraremos Espartero, Oráa, Fernández de Córdoba y, por supuesto, Espoz y Mina. Ninguna referencia a Zumalakarregi, Egia o Villarreal, de la primera guerra o Dorregaray y Elio, de la segunda. Sí la tiene en cambio Rafael Maroto, el traidor, según la opinión de los carlistas.

La historiografía española oficial ha marcado dos campos perfectamente definidos: liberales (progresistas, laicos etc.) frente a carlistas (reaccionarios, meapilas etc.). La gestión de esta memoria se ve perfectamente reflejada en el callejero de Madrid. Todas las calles que representan hechos bélicos de esa época, batallas o militares, rememoran las victorias ya citadas: Bilbao, Monte Esquinza, Archanda, Luchana…. En este sentido, parece que el actual Ayuntamiento de Madrid quiere eliminar de su nomenclátor la “calle Montejurra”. Curiosamente, en la segunda guerra Carlista hay dos batallas en esta montaña: una en noviembre de 1873, con victoria carlista, y otra en febrero de 1876, con victoria liberal. ¿Por qué la quiere suprimir? ¿Por si pretendía conmemorar la victoria carlista en lugar de la liberal? Como no saben cuál es, se quita y tira millas.

Es evidente que, para la gestión de memoria que ejerce el Estado español, no hay dos bandos en ‘una guerra civil’ en la que el conflicto se dirime entre dos bandos igualmente nacionales. Los éxitos carlistas simplemente no existen. Para esta gestión memorial, las victorias liberales se asocian a lo nacional, a España. Sus derrotas (victorias carlistas) no existen. El ejército vasconavarro representa el otro, el enemigo nacional. Sus triunfos se borran de la memoria.

Está claro que los vasconavarros de hoy -malos, separatistas- no formamos parte del imaginario nacional hispano. Nos excluyen de su memoria. La nuestra es otra. Bueno sería que tomáramos nota.

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