Cuando leemos, oímos y más si vemos directamente hechos trágicos con resultado de muertes sentimos un escalofrío. Temblor que es mayor cuando los muertos son próximos o cuando su causa no es la fatalidad o las fuerzas ciegas de la naturaleza, sino la mano alevosa de otros seres humanos. Desgraciadamente esos crímenes, a menudo son auténticos genocidios, como el cometido contra el pueblo armenio, los campos nazis de exterminio o los gulags soviéticos. La segunda guerra mundial no acabó con esa lacra abominable y tenemos epígonos que emulan los anteriores. En Asia, África, América y en la vieja Europa se vienen repitiendo una y otra vez matanzas y asesinatos, muchos de ellos impunes. De unos nos hablan mucho los medios de comunicación, sobre todo cuando las víctimas son occidentales, las fotos, condenas y medidas de seguridad se acentúan.

Hace años un filósofo inglés, Hobbes, dijo que el ser humano es un lobo para el hombre. Esta visión pesimista sobre la naturaleza humana contrasta con la optimista de Rousseau para quien el hombre es naturalmente bueno, siendo la sociedad quien lo pervierte. Hace años, el estudioso de la conducta animal, Rodríguez de la Fuente, negaba ese carácter pérfido del lobo. El ser humano es capaz de mucha más crueldad que cualquier animal, por muy sanguinario que nos pueda parecer. Y la vez, es capaz de los mayores gestos de generosidad, de bondad, no sólo con los próximos, sino incluso con los lejanos. Puede arriesgar su propia vida y su libertad para salvar a otros. Ejemplos tenemos de uno y otro extremo cada día. Sus motivaciones pueden ser de fe -sabiendo que hay otras personas que matan en nombre de ese ídolo que llaman dios- o de mero altruismo sin ninguna incitación trascendente. Creyentes o increyentes que se juntan en esa lucha por ayudar a las víctimas y por construir un mundo más fraterno, se sienten más próximos que de  aquellos con quienes teóricamente comparten su creencia o increencia, pero que con su indiferencia cómplice o su autoría directa practican la violencia o la promueven.

La realidad es que en el corazón de cada ser humano anida tanto la tendencia hacia el bien o hacia el mal. Podemos llegar a ser canallas redomados o santos. Dependerá tanto de nuestro albedrío que, aunque limitado, existe, como de la educación recibida familiar o socialmente. Una educación correcta nos facilitará el camino hacia el bien y una deseducación nos inclinará a la perversidad. ¿Qué tipo de sociedad tenemos actualmente? ¿Nos inclina hacia la violencia o hacia el respeto por la vida? Aparentemente es plural y respeta las inclinaciones de los individuos. Pero creo que sólo aparentemente. El neoliberalismo imperante, basado en la competencia extrema, en el individualismo competitivo y consumista, exacerba el afán de dominio y el desprecio hacia los fracasados, los individuos residuales que pasan a ser desechables. El afán de poseer y la ideología patriarcal de género son sus rasgos dominantes.

De ahí la bipolaridad creciente de la sociedad global actual. Vencedores y vencidos, explotadores y explotados, mega-ricos y empobrecidos. Proclamación teórica de los Derechos Humanos y vulneración cínica de sus postulados. Se dice defender la paz y se promueven guerras continuas, se fabrican y se venden armas, se vitupera el terrorismo de los enemigos y se da impunidad al cometido por los afines.

El miedo es la consecuencia y causa de los odios crecientes. Miedo al diferente, al extranjero, al que vive y se viste de otra manera. Nuevos populismos de extrema derecha se extienden ante la cobardía de los sedicentes demócratas.  Ofrecen seguridad en nombre de la libertad y cada vez somos menos libres y estamos más inseguros.

Feminicidios, ablaciones genitales, trata de blancas, matrimonios forzados incluso de niñas, violencias de género, asesinatos por honor, violaciones, es el triste sino de millones de mujeres en todo el planeta. Los niños se ven abocados a abandonar sus estudios, a trabajar como adultos y son víctimas de toda clase de atropellos. En el mundo del trabajo los derechos sociales se van al garete con  trabajos basura, por horas, creando formas de esclavitud laboral. Los sistemas sanitarios universales se ven mermados, se privatizan, excluyendo de los mismos a muchos residentes. Se alzan barreras y muros para impedir el acceso a desplazados que huyen del horror y la miseria. Se quieren firmar Tratados que impidan la protección del medio ambiente, en nombre de una supuesta libertad de mercado.

No faltan claro las voces y protestas que luchan por un mundo de justicia y libertad. ¿Quién prevalecerá, la lógica racionalista del beneficio a ultranza y a corto plazo o la apuesta decidida por la fraternidad? ¿No nos estamos jugando, para nosotros y nuestros descendientes, la elección clave entre la violencia y la vida?

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