1933Programa

El carlismo, el partido legitimista español, llamado desde su aparición en 1833 como «Partido Carlista», ha tenido sin embargo diversas denominaciones a lo largo del tiempo, como es el caso de «Sociedad Católico Monárquica» o «Comunión Católico Monárquica». Algunos de estos nombres han convivido al mismo tiempo en la literatura histórica del partido, favoreciendo actualmente una cierta confusión entre aquellos que no sean especialistas en la materia. Por si fuera poco esta heterogeneidad, además durante la segundad mitad del siglo XX varias de estas denominaciones han sido reutilizadas por colectivos escindidos del partido o en diferentes maniobras anticarlistas del régimen franquista.

El primer nombre con el que fue conocido socialmente el legitimismo hispánico, aparte del de carlismo, fue de manera estrictamente puntual el de montemolinismo, durante la Segundad Guerra Carlista (1846-1849), debido al uso que Carlos VI realizaba del Título de señalamiento de Conde de Montemolín.

La pluralidad de denominaciones empezó a desarrollarse después de la caída de la monarquía isabelina, entre los años 1868 y 1872, aunque no por ello el nomenclátor de «Partido Carlista» cayó en el olvido. Todo lo contrario, aunque la entidad legalizada por entonces para intervenir en la vida pública se llamaba «Asociación Católico-Monárquica», en ningún momento «Partido Carlista» dejó de ser el nombre con el que se identificaba popularmente al partido legitimista, más allá de las recursos estilísticos de la literatura doctrinal. En relación a esta primera experiencia de estructuración del partido-movimiento social en partido-asociación legal, el académico Miguel Artola (n. en 1923) en una obra ya canónica (Partidos y programas políticos 1808-1936. Tomo I: Los partidos políticos, Aguilar, Madrid, 1974, p. 302) sobre la vida política de la España decimonónica, señalaba que:

«Los levantamientos carlistas del verano del 69 fueron liquidados sin dificultad por el gobierno, en tanto don Carlos trataba de organizar el partido, confiriendo la dirección a Cabrera. Sustituyó este el sistema de delegados –“comisarios regios”- por el de juntas designadas por la base en los diversos niveles –local, de distrito y provincial-, y coronado por una junta central que presidía el marqués de Villadarias. El nombre que se dio al partido fue el de Asociación católico-monárquica, y su objetivo, “trabajar legalmente por el triunfo de los principios simbolizados en don Carlos de Borbón y Austria de Este”».

Solamente cuando en 1909 se produce el fallecimiento de Carlos VII, al que sucede su hijo Jaime III, entra en declive «Partido Carlista» en favor de «Partido Jaimista» como denominación del legitimismo como partido político. El historiador carlista Melchor Ferrer Dalmau (1888-1965), en su monumental Historia del Tradicionalismo Español (Editorial Católica Española, Tomo XXIX, Sevilla, 1960, p.7), indicaba que:

«Al suceder don Jaime de Borbón a su padre Carlos VII, sus partidarios comenzaron a llamarse jaimistas, pero, si embargo, el nombre de carlistas no desapareció. Son jaimistas en cuanto el caudillo de la tradición española se llama Jaime, y son carlistas en cuanto siguen defendiendo los derechos sucesorios de la dinastía de Carlos V, no la rama, sino la legitimidad. Tanto es así, que las viejas banderas de Círculos y Juventudes carlistas siguen usándose cuando ya reina, en su reinado espiritual y afectivo, el legítimo Monarca de las Españas, don Jaime. Y cuando más tarde, muerto don Jaime, le sucede su augusto tío, siguen siendo carlistas, porque es la sucesión dictada, según la Ley de 1713, la que imprime el carácter, que es la continuidad del carlismo en sus sucesivas denominaciones: carlismo, montemolinismo, otra vez carlismo, jaimismo y, por último, tradicionalismo carlista que le da oficialmente don Alfonso Carlos y que perdura».

Es precisamente a lo largo de la década de 1930, con Alfonso Carlos I, cuando se sobreponga el nomenclátor de «Comunión Tradicionalista», de cierto uso meramente literario con anterioridad, por encima de cualquier otro nombre. Román Oyarzun (1882-1968), quien fuera en su día secretario de Jaime III, en su Historia del Carlismo (Segunda edición, Editora Nacional, Madrid, 1944, p.461), obra de especial importancia por tratarse de la primera historia general del partido, explicaba en ese sentido que:

«El reingreso de integristas y mellistas en el mismo se hizo más extenso y acelerado con Don Alfonso Carlos, a quien consideraban como mucho más afín a ellos que Don Jaime. En efecto, Don Alfonso Carlos era más derechista, como diríamos en el argot político, que su difunto sobrino, y acaso en doctrinas, sentimientos e inclinaciones se hallaba más próximo al integrismo que al carlismo auténtico. De ahí la preponderancia de elementos procedentes del integrismo en el partido carlista, que por orden del nuevo y octogenario caudillo se iba a llamar Tradicionalista Carlista».

En ese sentido Antonio de Lizarza, Delegado Regional del Requeté de Navarra, en sus Memorias de la conspiración (1931-1936) (Ediciones Dyrsa, Madrid, 1986), destaca la importancia de los integristas en este cambio:

«El integrismo, que no tenía masas, pero sí dirigentes y personalidades, pronto logró ocupar los puestos directivos de nuestra Comunión, y supieron conquistar la voluntad del Rey (p. 24) Nuestra Comunión se llamará ya tradicionalista, se olvidarán los viejos y queridos nombres de carlista y jaimista (p. 25) El acaparamiento de la dirección de la Comunión, que ya no llevaría el recio y significativo nombre de carlista, o jaimista, sino el de tradicionalista, más contemporizador y ambiguo, y desde luego menos carlista, por los integristas (p. 36)».

Durante estos años se desarrolla una dinámica de arrinconamiento de las variadas denominaciones de carácter legitimista como «margaritas», «círculo jaimista» o «partido carlista» en beneficio de un nomenclátor «tradicionalista», que sería oficializado de manera prácticamente exclusiva. De este proceso dejó constancia Jaime del Burgo (1912-2005), secretario de la Juventud Jaimista de Navarra en 1930, en su libro Conspiración y Guerra Civil (Alfaguara, Madrid, 1970, p. 343):

«A partir de la fusión, comenzaron a cambiarse los rótulos de los antiguos círculos jaimistas por los de Sociedad Tradicionalista. En Pamplona hubo un movimiento de protesta por parte de la juventud. Era entonces presidente del Círculo don Regino Bescansa, y se acallaron un tanto los clamores poniendo bajo la inscripción de Sociedad Tradicionalista la de Juventud Jaimista, en letras más pequeñas».

Esta operación no fue ni casual ni inocente, sino que respondía a un proyecto liquidacionista del legitimismo carlista como partido singular con motivo de la próxima extinción de la rama dinástica de Carlos V, ya que Alfonso Carlos I no tenía herederos directos. Un amplio sector de la cúpula directiva de la nueva «Comunión Tradicionalista» aspiraba por entonces a la unificación con el partido alfonsino Renovación Española en una única organización monárquica española, alrededor de la figura de Don Juan de Borbón, hijo del llamado Alfonso XIII, como supuesto heredero de las dos líneas familiares litigantes desde 1883, y de la peculiar doctrina maurrasiana de Acción Francesa. Ante esta deriva se alzaron diversas voces que tuvieron como principal expresión al periódico El Cruzado Español. Jaime del Burgo (p. 376) recogió en su obra la entrevista desarrollada el 9 de marzo de 1933 entre Alfonso Carlos I y algunos representantes de la corriente disidente:

«El señor Villanueva, al hablar de un tradicionalismo no carlista, dijo que la señorita María Rosa Urraca Pastor, en un banquete que le ofrecieron los carlistas de Oviedo, le manifestó que ella era tradicionalista, pero no carlista. El conde de Arana refirió, por su parte, que en alguna población vizcaína, a petición de las mujeres alfonsinas, se cambió el nombre de margaritas por el de damas tradicionalistas, porque a esas señoras no les resultaba grato el nombre del Ángel de la Caridad [Nota: Apelativo con el que fue conocida la Reina Margarita, esposa de Carlos VII]».

La denominación de «Comunión Tradicionalista» se mantendría en el carlismo oficial durante las décadas siguientes no siendo abandonada hasta que se consolidó el proceso de renovación ideológica que impulsaban los sectores estudiantil y obrero (AET y MOT) desde los últimos años 50. Así empezó a caer en desuso a partir del Congreso Nacional Carlista de 1966.

Finalmente en el marco del II Congreso del Pueblo Carlista, celebrado en Arbonne (Iparralde) en 1971, por decisión de una amplia mayoría de los delegados de la militancia de base, será recuperado y oficializado de manera exclusiva «Partido Carlista» como única denominación de la organización política del legitimismo hispánico.

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