Son dos figuras contrapuestas, nacidas de la existencia de las fronteras. Compartimos con bastantes animales nuestra condición de territorialidad.  Ellos marcan con su pipí el límite de su zona, como prohibición para que la crucen los extraños, so pena de expulsarlos, si pueden, violentamente. Desde que nacieron los imperios trazaron unas líneas para resaltar hasta dónde llegaba su dominio. Unas veces se basaban en características físicas, montañas, río o mares. Y otras tenían un marcado carácter artificial, eran unas rayas señaladas en un mapa. Por ello solían fijar unos mojones o hitos para señalar las mugas. Mover uno de esos mojones era motivo suficiente para empezar una contienda. (¿No ocurre lo mismo entre particulares, cuando fijan los límites de sus fincas?).

Con el transcurso del tiempo se señalaron unos pasos por donde podrían pasar los comerciantes y los viajeros. A menudo cobrando un  peaje. Así nació la profesión de aduanero. Persona encargada de fiscalizar la entrada de mercancías y personas y de cobrar la correspondiente tasa. Esto se daba no sólo entre reinos y Estados distintos, sino incluso de cada uno de ellos, para entrar en los municipios. Las casetas de consumos que los mayores todavía recordamos.

Contrapuesta a la figura del aduanero surgió, mucho más romántica y popular, la del contrabandista. Persona conocedora del terreno, capaz de burlar las tareas tributarias de aquel y de pasar por pasajes ignotos tanto mercancías como personas. En épocas de guerras o persecuciones, los contrabandistas incrementaban sus acciones.

En La Rioja, mi tierra, se recuerda a aquellos contrabandistas cerveranos que durante siglos pasaban mercancías de las aledañas Corella y Fitero, situadas en el reino de Navarra. O la figura de Zurbano, del barrio logroñés de Varea, que cruzaba los vados del Ebro para penetrar en Álava y Navarra. Experiencia que luego le iba a servir como guerrillero liberal en la primera guerra carlista.  Sublevado contra Isabel II, acabó fusilado junto a sus hijos en las inmediaciones de la capital riojana.

Pero no sólo las aduanas respondían a razones de tipo político. También el fundamentalismo religioso las imponía. Durante siglos, la Inquisición española prohibía la entrada de ciertos libros que circulaban libremente por Europa. Y bastantes acababan entrando de matute en las mochilas de los contrabandistas pirenaicos.

Ha quedado bastante de aquellas mentalidades contrapuestas. Unos responden al prototipo del aduanero que quieren imponer normas y marcar nítidamente las diferencias entre dentro y fuera. Guardianes de la ortodoxia, se niegan pensar por cuenta propia y desean prohibir que otros lo hagan. Fundamentalismos políticos y religiosos están detrás de esa postura. En cambio, hay quienes gozan burlando las fronteras. Llevan el instinto del contrabandista en su mente y su corazón. No temen las heterodoxias en su búsqueda constante de la verdad. Huyen de la dictadura de las certezas y prefieren correr el riesgo de equivocarse, es la única forma de ser creativos. No les importa desandar el camino, si es preciso. Han aprendido que esa andadura es mejor recorrerla en compañía: irán más despacio, pero más seguros. En ese laberinto que es la vida humana, la mejor guía es precisamente el rostro de las víctimas que nos interpela y nos exige una respuesta. Y esa guía nos distingue de color de la piel, ni de orientaciones religiosas ni de ninguna otra clase.

Actualmente en nombre de la libertad de comercio que postula el neoliberalismo global se quieren suprimir todas las aduanas. Libre circulación de capital y mercancías. Para las personas, no. Ellas se clasifican en legales o ilegales, con papeles o sin ellos. No podemos acoger a todos, aunque huyan de guerras, persecuciones, el hambre o el cambio climático. Aunque las causas de situación estén en las políticas de las grandes multinacionales que apoyan y venden armas a gobernantes corruptos que venden sus materias primas, sus territorios…

Y así han surgido las mafias que trafican con la desesperación de tantas personas. No son contrabandistas, son bandas organizadas que trafican con armas, drogas y ahora personas; muchas veces simultáneamente. El contrabandista es una persona modesta que se juega la vida en cada aventura. Las mafias no, negocian con el ansia de sobrevivir de tantas personas. Y los lanzan en frágiles vehículos y embarcaciones para cruzar desiertos y mares. Un número creciente de muertes jalonan esas rutas. Y a los países ricos de Occidente no se les ha ocurrido mejor solución que pagar a otros, que no se distinguen precisamente por respetar los Derechos Humanos, para que  impidan esas travesías. Se trata de establecer vallas o policías en sus fronteras exteriores que las hagan imposibles. Gran Bretaña abandona la Unión Europea con el argumento de no admitir emigrantes. Los cupos de admisión aprobados en las instituciones europeas, no se cumplen. Y otro Estado, como Hungría, anuncia un referéndum para admitir o rechazar el cupo que le iba a corresponder.

¿A dónde va Europa? ¿No es infiel a sus raíces y está traicionando los valores que constituyen las razones más profundas de su unidad que aglutina a sus variedades constitutivas? ¿Es extraño que gane terreno el miedo y la xenofobia y el cierre exterior e interior? Buenas perspectivas para la vocación de aduaneros…

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