Acabo de terminar la lectura de la última novela de Julia Navarro: Historia de un Canalla. Y de confesar que me ha producido un cierto desasosiego. No es porque crea que  existan en la realidad seres idénticos al protagonista. Más bien es un arquetipo. No hay persona por depravada que sea su conducta que no tenga con alguien en algún momento algún rasgo de humanidad. Más exacto sería afirmar que dentro de cada uno de nosotros hay rasgos malignos y otros benignos. Y que en alguna ocasión hemos cometido alguna canallada, mayor o menor, y en otros hemos antepuesto el bien de otros a nuestro interés egoísta.

Historia de un canalla podría llamarse historia de un desgraciado. Poseído por  la envidia se niega a aceptar el amor condicional que recibe de los suyos. Y dedica toda su existencia a zaherir, manipular, esclavizar a todos los que le rodean. Incapaz de amarse, es impotente para amar a los demás. Carece de inteligencia, aunque posea una gran astucia que para a conseguir sus objetivos perversos. Desconfía de todo el mundo, lo que le llevará a una soledad constante y a una muerte desgraciada.

¿No es la sociedad actual, vertebrada tras la conquista del dinero a todo trance, el mejor caldo de cultivo para que surjan seres que se asemejen al protagonista de esta novela? ¿No nos educan para competir, para triunfar a costa de lo que sea? ¿Quiénes son capaces de con-dolerse de las víctimas al escuchar sus lamentos? ¿Seguiremos siendo tan necios para seguir destruyendo el planeta y los seres que lo pueblan por nuestro afán suicida de poseer? ¿Nos daremos cuenta de que vivir la fraternidad es el camino que conduce a la felicidad?

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