Pocos hay que postulen públicamente la paz. Pero postularla de verdad, con coherencia de vida. Sabiendo que no llueve del cielo. Hay que trabajarla, es hija de la justicia y del perdón. Quienes la siembran, se enfrentan a las injusticias desde la no-violencia, sin más armas que la valentía de su palabra libre. Se atreven a mirar a la cara de los opresores y reclaman la liberación de los oprimidos. Han vencido sus propios miedos, se han perdonado a sí mismos -tarea no fácil- y son capaces de envolver la indignación con la ternura expresada en diálogo profundo.

En cambio son bastantes y gozan de apoyo mediático los predicadores del odio. Arrastran emocionalmente a súbditos encogidos por el miedo, refugiados en su sálvese el que pueda y exigentes de su ración cotidiana de circo, aunque el pan escasee en sus mesas. Su pasotismo desesperado les lleva aceptar las prédicas de quienes les señalan chivos expiatorios sobre los que volcar su rencor amargo.

En la Europa del siglo XXI, pergeñada políticamente como un club selecto de mercaderes, los chivos expiatorios son los pobres emigrantes. Huidos de guerras, persecuciones, hambrunas, llegan continuamente a lo que creen puede ser su paraíso. La prédica de la xenofobia tiene cada vez más éxito en los viejos países europeos que han olvidado su propia y no tan lejana historia. El odio hacia el pobre, aparofobia, se extiende como una epidemia. Y de esa peste sacan tajada políticos sin escrúpulos.

La última muestra del éxito de esa pérfida estrategia ha sido el referéndum  celebrado en el Reino Unido sobre su permanencia en la Unión Europea. Triunfó el Brexit para poner fin a esa peculiar relación que mantenía Gran Bretaña con las instituciones europeas. Peculiaridad que le permitía, amén de conservar su moneda propia ir poniendo continuar trabas a la evolución política de la Unión. Charles de Gaulle que llegó a conocerlos muy bien durante la segunda guerra mundial vetó su ingreso en el entonces Mercado Común. Se olvidó pronto y se acabó admitiéndolos, convirtiéndose en una lastre. Aceptaban lo que les beneficiaba y se oponían radicalmente a aquello que pudiera mermar sus intereses. Las últimas concesiones que Cameros arrancó de Bruselas iban en esa misma dirección. Aceptaba la libre circulación de capital y mercancías, pero exigía el control de la de personas, aunque fuesen comunitarias.

A pesar de esas ventajas egoístas, Cameron convocó el referéndum, como había sido su promesa electoral. Decisión criticada por todas las élites políticas que no quieren que el pueblo pueda decidir directamente sobre las grandes cuestiones.

Lo bueno democráticamente es que el demos decida. Para ello hay que poner a su disposición la información disponible. Lo más antidemocrático es, por ejemplo, el oscurantismo con que se está negociando el tratado de libre comercio con USA y Canadá.

Lo peor de la campaña británica fue la amenaza de miedo que desarrollaron ambas posturas contendientes. Los partidarios de la salida, con  la fobia a los emigrantes a los que achacan la pérdida de puestos de trabajo y de su identidad nacional. Los que defendían la permanencia empleaban el miedo a las pérdidas económicas que supondría la salida.

Tampoco las instituciones europeas y los organismos internacionales se alejaron de la táctica del miedo. Puros argumentos economicistas dentro de un sistema que reduce el ser humano a  mero factor productivo o de consumo.

¿Es extraño que la ilusión europeísta se vaya evaporando cuando sólo se trata de defender intereses nacionales o no, pero que en definitiva sólo responden a los de los poderosos económicamente? ¿Qué pueden sentir y pensar las buenas gentes que ven cómo esas políticas de austeridad sólo sirven para favorecer a la banca y a los políticos de su país o de Bruselas? ¿Qué opinar ante esos gobernantes británicos que para negociar beneficiosamente su salida emplean como argumento la suerte de los trabajadores comunitarios en Gran Bretaña? ¿O de la posible respuesta comunitaria de utilizar el de los trabajadores y turistas británicos dentro de la Unión?

La cuestión ahora es qué va a hacer internamente la Unión. ¿Va a seguir igual, acentuando su aspecto económico, pasando de una unión meramente económica a otra de índole económica con unidad fiscal?. Esto exigiría avanzar hacia una federalización. ¿Se atreverá o les paralizará al auge de la extrema derecha con su xenofobia?. La tentación de retroceder hacia el cierre en los Estados-nación es grande, pues también los gobernantes tienen miedo ante las encuestas  y sus augurios electorales.

¿Y que vamos a hacer los ciudadanos? ¿Encerrarnos en el pasotismo, sucumbir al miedo o construir desde la base un futuro de esperanza? ¿Nos daremos cuenta de que en este mundo globalizado por la economía y la información, la democracia no puede encerrarse en un marco nacional? ¿Sabremos redescubrir los auténticos valores europeos que nacen de Atenas, Jerusalén, Roma, la Reforma y la Ilustración y se traducen en Derechos Fundamentales para todas las personas, sea cual fuere su origen étnico y sus diferencias? ¿Creemos en la libertad y la igualdad y en la fraternidad que las permeabiliza? ¿Luchamos por la Europa no de los mercaderes, sino de las personas?

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