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Ateneo de Madrid. 6 junio de 2015

Hace cuatro años, por estas mismas fechas, en este mismo lugar, celebramos un memorial evocando la “historia fascinante” de tu hermano Carlos Hugo. Aquel hombre al que llamaba ” príncipe extranjero” el dictador vendepatrias de infausta fama y de cuyo nombre no quiero acordarme.

Fue aquel un acto teñido con una pincelada de tristeza y de nostalgia. No podía ser de otro modo pues le dió la ocasión su fallecimiento. Para sus más próximos, para ti, María Teresa, una ausencia permanente que solo se puede sobrellevar. Aunque, para todos los que luchamos contra la dictadura y conservamos memoria y consciencia cívica, es esa ausencia irremediable la que hace que siga viviendo en nuestros recuerdos.

María Teresa, un amigo común, Pepín Vidal Beneyto, con el que compartimos afanes y desasosiegos en el tiempo de la Transición, escribió esto al final del pasado siglo: “Frente a la neutralidad de la memoria histórica la memoria democrática se centra en el recuerdo de la lucha por las libertades bajo el franquismo, en el relato de las acciones en que consistió y en la presentación de los actores que la protagonizaron”.

Este, pues, en el que hablamos de ti, como aquel otro acto en el que hablamos de Carlos Hugo, es un acto de memoria democrática. Y afortunadamente la ocasión no viene tintada ni de tristeza (sigues tan viva como siempre) ni de nostalgia. Puedo añadir, por lo que después diré, que viene acompañado de una buena ventura.

He hecho un esfuerzo por recordar la ocasión en que te conocí. La dirección de mi partido mantenía mi identidad y mi responsabilidad en una estricta clandestinidad por motivos cuya narración no tiene, en esta ocasión, sitio. El caso es que solo excepcionalmente me ocupé de lo que entonces denominábamos relaciones políticas; es decir los contactos entre las direcciones los partidos y organizaciones, cuyos militantes estaban implicados en la lucha por las libertades; relaciones, por “arriba”, encaminadas a potenciar la colaboración y el entendimiento por “abajo”.

Tú, en ese ámbito, como representante del Partido Carlista fuisteis muy activa y muy efectiva. No es difícil imaginar cuál positivo impulso al ánimo, en tiempos de tan azarosa lucha, podía dar el encuentro con una “princesa roja”. Pero no es necesario imaginar cuando existen testimonios. Traigo uno a propósito. Simón Sanchez Montero, un comunista mítico, hoy ya desaparecido – desde aquí mi tributo de admiración y de respeto, se ocupaba también de las relaciones políticas en el P. Comunista. En su libro de memorias “Camino de libertad” narra que te conoció en París en 1973: “Allí conocí a dos infantas hermanas del príncipe, muy simpáticas y entusiastas en su antifranquismo“.

Entusiasmo, mucho entusiasmo, había que tener. Aunque no solo eso. Pues para mantenerlo es siempre preciso un buen ánimo. Buen ánimo que es tanto como decir conciencia democrática. Solo desde esta -que empezó a arraigar más por los hechos que por el pensamiento político y que es más estable que entusiasmos pasajeros, afrontaste, junto a tu partido, las vicisitudes de la lucha por la libertad.

Un reputado periodista, Fernando Jauregui, sobre aquel tiempo, escribió en sus “Crónicas del antifranquismo” lo siguiente: El régimen vió con alarma la evolución de los carlistas, que constituían “en ese momento una fuerza de considerable importancia en el país. Los dos PC, el Comunista y el Carlista eran en la práctica las dos fuerzas numéricamente más importantes“. Y añade que “las relaciones entre carlistas y comunistas llegaron a ser inmejorables“. No soy quien para juzgar esta afirmación; pero sí recuerdo que, en el acto de homenaje a Carlos Hugo al que me referí al principio, en alguna de esas butacas estaba sentado Santiago Carrillo.

He aquí una paradoja. Carlismo y comunismo, dos movimientos políticos, dos tradiciones, que no nacieron con el lenguaje de la democracia (uno lo hizo apelando a la legitimidad dinástica, el otro a la revolución socialista) sin embargo -en la hora de la verdad de aquella España de tiempos oscuros, la España de un crecimiento enfermizo y de un aperturismo ridículo (ni uno ni otro ocultaban la roña franquista ni la pulsión represiva), en los días de la verdad aquellos que dieron causa a nuestras libertades presentes – fueron esos dos movimientos los que mejor aprendieron a hablar el lenguaje de la democracia y del entendimiento.

En aquella hora tú María Teresa saliste del anonimato para los españoles. Y fuiste una voz de la democracia que estaba por ganar y del entendimiento necesario para ganarla.

Hanna Arendt dejó escrito:”Aún en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y esta iluminación puede provenir menos de las teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que algunos hombres y mujeres reflejan en sus trabajos y sus vidas bajo cualquier circunstancia y sobre la época que les tocó vivir“.

Pero no hablemos solo del pasado. Los tiempos están de nuevo cambiando. Venimos de un tiempo, el final del siglo pasado y los comienzos del presente, en el que triunfaba la retórica de la democracia al tiempo que esta desfallecía. Con miedos se pretende ahora levantar una muralla que se alce frente a los cambios necesarios. Pero los vientos hoy soplan impulsados por un reverdecer de la virtud cívica de la participación. Anuncian pues una buena ventura. Ventura que se hará realidad si los españoles asimilamos nuestra experiencia histórica. El obstáculo que se alza es el que ya señalaba Azaña, obligado es citarlo en este Ateneo que el presidió: la falta de continuidad de nuestra cultura política, que hace que los más jóvenes tengan que aprender siempre por experiencia propia que el fuego quema , y que los mayores se conviertan en viejos que solo saben decir “Menester es resignarse”.

María Teresa tú no perteneces a esa estirpe. Leo el reportaje publicado en el diario francés Liberation, cuya referencia me dio Luis Gismero. Compruebo que no solo el ayer sino que el hoy sigue siendo tu época y que sigues tan viva como antes. Animas las esperanzas de quienes saben que la acción y la sabiduría de las generaciones mayores también es necesaria para abrir un nuevo tiempo de renovación democrática. El periodista de Liberation terminaba así su reportaje: “Habría que ser un gran detective para descubrir quién está detrás de esta Princesa” . Es como una nota de misterio para dar fin a la condensación de una biografía que le resulta indescifrable. Pero no sigo ese juego, quizás solamente un recurso literario.

La pensadora que antes cité escribió: “La política es irrenunciable para un hombre que se considera ciudadano. Cuando una comunidad carece de ciudadanos dispuestos a obrar cívicamente es porque se ha enajenado la condición humana, la ciudad está corrompida y urge salvarla“.

La sociedad española ha podido contar siempre con tu irrenunciable voluntad política y con tu limpia trayectoria. En ti había entusiasmo antifranquista, pero también algo más importante: el saber olvidado, después de la Transición, de que una sociedad democrática necesita ciudadanos activos políticamente. Un sistema democrático puede legarse a las nuevas generaciones, pero no el ejercicio de las libertades y el cumplimiento de los deberes cívicos que las acompañan; ese ejercicio es personal e intransferible. Ojalá que las generaciones jóvenes que se incorporan en estos momentos a la participación política en España tuvieran ocasión de tomarte como una referencia. Este acto de memoria democrática es una contribución a que así sea y es al mismo tiempo un acto de afirmación democrática. Y para quien te conocimos entonces, y ahora nos reencontramos, es la ocasión de decirte que tienes ganado un lugar de honor en la lucha por las libertades del que nunca serás destronada.

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