Nos gusta definirnos como seres racionales. Es decir entes que son capaces de utilizar su inteligencia. Hoy sabemos la conexión recíproca que existe entre pensamiento y lenguaje. Y que la inteligencia, esa facultad que tenemos para resolver problemas -o para inventárnoslos- es compleja, pues al analizarla, descubrimos en ella varios componentes, hasta seis o siete, dicen algunos. Y que no es fría, sino coloreada por nuestras emociones, inteligencia sentiente la proclamó Zubiri. Se asienta en nuestro cerebro y en toda nuestra corporeidad. Todos nuestros sentidos están implicados en ella. A través de ella penetramos en la realidad -externa e interna- distanciándonos para mejor aprehenderla, ante el asombro de lo que va apareciendo. La inteligencia nos faculta para ir a la caza de la verdad, al acecho de la misma.  Una persona inteligente es la que se hace preguntas, no se conforma con las respuestas heredadas, pues con frecuencia, además de las preguntas constantes en el devenir humano, le asaltan nuevas preguntas. Su actitud permanente, por muchos años que llegue a alcanzar, es la de continuo discípulo, de permanente aprendiz.

Como toda aventura, la de pensar no es fácil. Supone esfuerzo y constancia.  Es mucho más cómodo seguir el camino trillado, aceptar lo que dicen los demás, tumbarse a la bartola, o sea renunciar a ser persona auténtica, abdicar de nuestra identidad más genuina. Ni el sistema educativo ni los medios de comunicación estimulan la creatividad inherente a la aventura de pensar. Es mucho más cómodo para los poderosos -económicos, políticos, religiosos…- disponer de masas aborregadas, que no han degustado la felicidad de pensar críticamente a los que el pan, el circo y el ruido les llenen sus días, les liberen del aburrimiento y les impidan enfrentarse a sus miedos.

Quines se embarcan en la aventura de pensar han de huir de varios riesgos. No dejarse alucinar por las apariencias, es el primero de ellos. Detrás de la hojarasca de lo que percibimos se encuentra la realidad que tiene muchas dimensiones. Reconocer sus propios límites, unos internos, los puntos ciegos que impiden captar aspectos quizá importantes de esa verdad que han de buscar. Y otros externos, ¿desde qué coyuntura espacio-temporal-situacional les es dado el acceso a la realidad?.  Aferrarse a lo ya aprendido es otro riesgo común. Para aprender cosas nuevas hay que estar dispuestos a a desaprender lo que ya no sirve, aunque en momentos anteriores tuviera su utilidad. Reconocer y buscar siempre maestros que guíen en esa aventura que muchas veces ha de recorrerse entre brumas. Maestros que no ha ser precisamente eruditos, pueden encontrarse auténticos sabios hasta en personas analfabetas que han sabido extraer de sus vidas lecciones importantes.

Hay una brújula muy importante en esa aventura: el sentido del humor. Saberse reírse de uno mismo, no tomarse en serio. Humor y humildad están muy emparentados.  Eso facilita reconocer los propios errores, apechugar con las dudas que continuamente asaltan, confesar sin tapujos los océanos de ignorancia que todos tenemos y que cada vez serán mayores cuanto más se avance esa aventura. Esto libera de la soberbia y del fanatismo. Sólo la ayuda cooperativa entre los peregrinos de la aventura del pensar les permitirá avanzar seguros.

¿Ese humor dubitativo no debe extenderse a la propia razón?. ¿Es capaz acaso de penetrar en el hondón más profundo de la realidad humana y cósmica, donde ningún idioma llega a captarla, el reino de lo inefable?. ¿Cómo podemos aludir a esa metarrealidad sino a través del símbolo?. Como decía Erich Fromm: el lenguaje simbólico es el único idioma extranjero que todos deberíamos estudiar.

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