No veo que la sociedad actual sea laica. Es heterogénea, plural. Está compuesta por personas y grupos dispares, con  distintas tendencias y creencias. Cierto que hay dos minorías opuestas que meten mucho ruido mediático con su voces y gestos provocadores. Pienso que son gemelas y se retroalimentan mutuamente. Está una postura laicista agresiva que tiende a herir sentimientos y devociones de los creyentes. Desea eliminar del espacio público cualquier manifestación de fe. La opuesta es la integrista que anatematiza el laicismo y ve en él la causa de todos los males que nos aquejan. Postula la erradicación de todo laicismo a través de su proscripción social y hasta legal. Ambas son fundamentalistas, intolerantes y fomentan el odio.

La mayoría social no es que sea adulta y respetuosa. Es pasota, rehuye tomar posición, de ahí la facilidad para que bastantes de sus componentes puedan ser captados emocionalmente por los extremismos. Pocos son -¡y ojalá me equivoque!- las personas y grupos que viven en paz y armónicamente sus convicciones con el respeto a las ajenas.

¿Puede existir una sociedad atea, sin dioses? Hace tiempo que se dijo que dios había muerto, pero que lo habíamos matado los hombres. Lo trágico en una lógica homicida es que después de asesinar a dios, se acabó asesinando a los hombres. El holocausto, los gulags marcan el triste sino de esos ateísmos homicidas.

En la sociedad actual hay otros dioses, otras religiones con sus ritos y sacrificios. Convierten en lo que en sí puede ser válido y medios para logro más completo de perfección humano en absolutos:

*El fútbol y demás deportes de élite. Sus seguidores son numerosos, con sus ídolos venerados, sus problemas con el dopaje, sus fanáticos hooligans…

*Las naciones, con sus símbolos, himnos, enemistades, sus fanáticos, fronteras, hasta grupos terroristas, genocidios, guerras…

*El cuerpo que debe ser conservarse siempre joven y sano, a pesar de enfermedades y achaques de la edad.

*El consumo a ultranza que empobrece a la mayoría, arruina la madre naturaleza y convierte a los seres humanos en esclavos de un sistema inhumano.

Tenemos las religiones tradicionales, en nuestro caso la católica con sus devociones populares en torno a imágenes de cristos, vírgenes y santos. En muchos casos sirven para asegurar la fidelidad a identidades locales. Con sus pullas correspondientes por cuál es más milagrosa o importante. Sirven para ceremonias y ritos públicos, convertidos en motivos de atracción folklórico-cultural, con la presidencia conjunta de autoridades religiosas, civiles y militares. ¿Veremos algún día que los partidos políticos dejen de manipular la religión, defendiéndola o atacándola, para sus intereses electorales?

El declive de esta religiosidad popular entre las capas más cultivadas y jóvenes se ve acompañado de las fes esotéricas en horóscopos, cultos clandestinos a deidades bondadosas o satánicas o espiritualidades orientales con sus técnicas de meditación.

No se puede ocultar la emergencia creciente de pequeñas comunidades, movimientos y grupos que se aglutinan en torno a la figura de Jesús de Nazaret que pretenden seguir su mensaje, en una conversión personal por encima de cánones y catecismos. Luchan por otro mundo donde el clamor de los crucificados ocupe el lugar central de las preocupaciones públicas.

La sociedad ha de ser lo que sus componentes quieran que sea. Más o menos laica, con mayores o menores creencias dentro de ella. Es el Estado quien debe ser laico, completamente aconfensional, sin privilegios para ningún grupo religioso o no. Un Estado respetuoso con la libertad de conciencia, plenamente democrático  en el que la voluntad y participación activa de los ciudadanos designe a sus gobernantes y los controle, sin darles ningún cheque en blanco. ¿Donde están los demócratas auténticos que trabajen en esa dirección, sacrificando tiempo y energías por el Bien Común?

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