Seguramente los mayores obstáculos que tenemos los seres humanos para vivir plenamente y no meramente sobrevivir son  nuestros propios miedos. Unos bastantes generalizados y otros más individuales. El miedo a la muerte es bastante común.

Pero hay otro también bastante extendido: el miedo al silencio. Quizá unido a nuestra condición de seres sociales. No escuchar voces próximas o lejanas, los sonidos de la naturaleza, y hoy el estruendo de las ciudades suele despertar temores ancestrales. Pocos hay que se encuentren a gusto en la soledad. Pero, si no me equivoco, es mucho más hondo. Porque si nos adentramos en el silencio, nos encontraremos a nosotros mismos.

La falsa vida en que estamos sumergidos consiste en una huída. Huída de la realidad, de mi hondón más íntimo, de la experiencia del existir. Los intelectuales rechazan esa huída, intentan penetrar en la realidad, en las cosas, descubrir lo que son en su evolución. El sabio, en cambio, deja que la realidad penetre en él. Es humilde, reconoce su no-saber.  No le asusta el misterio, sino que busca saborear lo que encuentra. Para ello lucha por vencer su miedo al silencio. Al sumergirse en la con-templación, se despierta en él la pasión por la Vida auténtica. ¿Es de extrañar que sea mucho radical que los tan denostados sedicentes radicales de hoy y que se convierta en un místico revolucionario?

Vencer el miedo, aprender a practicar el silencio, no es tarea de un día. Es una brega constante, hay que desarrollar la capacidad de atención. Vivir el presente con intensidad, sin huidas a un pasado que ya no es, ni hacia un futuro que no sabe si llegará, ni cómo. Mirar, escuchar, oler, saborear, palpar cada instante, hacia fuera y hacia dentro. El sabio es un discípulo continuo, que va aprendiendo a sonreír ante cada uno de los avatares, agradables o ingratos, que se le presentan en la vida.

El silencio enseña a no ser otro animal de la manada. Capacita para descubrir que debe llegar a ser uno mismo, único y singular. ¿Cómo?:

*Por la escucha de su propia conciencia. Sin dejarse atar por consignas, cánones o doctrinas externas.

*Por la obediencia a la voz de su conciencia. Con todas las consecuencias, de incomprensiones, aislamientos, condenas…

*Por hacer de esa escucha y obediencia su estilo de vida. Al hacerlo es capaz de iluminar, de convertirse en Persona-Faro para quienes le conocen.

Encontrarse con un verdadero sabio despierta tanta admiración como cierta inquietud. Los jerarcas de todas las instituciones lo miran con sospecha y recelo: es tan libre que reconoce y se enfrentar a las tentaciones del tener, del poder y de la vanagloria, dentro de sí y en las comunidades en las que participa. Quienes no han descubierto que la espiritualidad es torrente de vida, intentan analizarla racionalmente, intentando establecer dentro de ella fronteras, distingos y matizaciones. Como decía Pablo D´Ors, refiriéndose a las religiones, éstas son las copas y la espiritualidad el vino. Lo importante es el vino, las copas son relativas, valen sólo en cuanto sirvan para escanciarlo y beberlo; si están rotas u oxidadas, habrá que arreglarlas o cambiarlas. Hubo hace XX siglos en Galilea, un profeta llamado Jesús de Nazaret. ¿Para quienes tenemos el don de haberLe conocido no es la mejor brújula para marcarnos el camino dentro de las brumas de la existencia?

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