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09/05/2016

Roger Pascual

El 9 de mayo de 1976 dos carlistas de izquierdas fueron asesinados por pistoleros ultras

9 de mayo de 1976. Hace apenas medio año que Franco está en la tumba, pero su dictadura se resiste a morir. Su espíritu sigue bien vivo tanto en las instituciones como en las calles, donde grupos de extrema derecha mantienen el terror a sangre y pólvora. Ese día, Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos acuden aMontejurra (Navarra) para asistir a la peregrinación anual del Partido Carlista, convertida en una concentración antifranquista. Ya no volverían a bajar, víctimas de un atentado ultra del que este lunes se cumplen 40 años.

Los carlistas estaban divididos en dos facciones: los partidarios de Carlos Hugo de Borbón-Parma, pretendiente de la Corona y que apostaba por un “socialismo autogestionario”, y los ultras de Comunión Tradicionalista, una minoría de seguidores de su hermano Sixto. Carlos Hugo había adquirido popularidad, especialmente en el País Vasco y Navarra, desde que en 1957 acudió por primera vez a la romería de Montejurra, via crucis en recuerdo a los requetés muertos en la guerra civil. Sus posiciones antifranquistas le hicieron ganar adeptos, por lo que los partidarios de Sixto, con la ayuda de los sectores franquistas y la connivencia de las fuerzas de seguridad del Estado, le prepararon una emboscada para acabar con él y su movimiento socialista.

EMBOSCADA EN EL VIA CRUCIS

“Había mercenarios de Portugal, Argentinta e Italia, la flor y nata de la extrema derecha de esos países. Pero fue una operación hecha no por esos 200 canallas y payasos pagados, sino por las más altas instancias del Estado, que entendían que había que frenar el auge del movimiento carlista, que tenía muchas simpatías y apoyo popular”, sentencia Lázaro Ibáñez. A sus 70 años recuerda como si fuera hoy aquella trágica mañana. Estaba frente al monasterio de Iratxe con su mujer, su hijo y sus padres entonando, junto a 10.000 partidarios de Carlos Hugo, el ‘Canto a la libertad’ de José Antonio Labordeta cuando llegó el primer ataque. “Tiraban piedras y atacaban con porrazos y cadenazos. La Guardia Civil nos decía que tenían orden de no intervenir y nos metían sus fusiles en el estómago para que no repeliéramos la agresión, pero nosotros conseguimos repelerla y allí le pegaron un tiro a Aniano”. Herido de gravedad, moriría cuatro días más tarde.

Pese al ataque, el via crucis siguió. “No se suspendió porque defendíamos a todo un pueblo que quería libertades democráticas”, cuenta Lázaro. “Arriba nos esperaban 50 mercenarios armados, custodiados por la Guardia Civil por los cuatro costados, y abajo habían 300 policías nacionales preparados para intervenir… contra nosotros. Nos llamaron comunistas, que nos iban a matar y, de repente, empezaron las ráfagas de metralleta”, relata. Allí alcanzaron a Ricardo, que iba al frente de la comitiva y que, entre las brumas, se daba un aire a Carlos Hugo, quien pese a tener prohibida la entrada en España se había unido a la procesión a mitad de camino. “Le quitaron la vida a un chaval de 18 años de forma bestial, y dentro de la salvajada tuvimos mucha suerte porque con el tableteo podríamos haber caído muchísimos más”.

LAS CONSECUENCIAS

Los “mercenarios” se fueron tranquilamente por su propio pie. Sixto fue expulsado de España sin ni siquiera haber sido juzgado. Los presuntos autores de los asesinatos sí fueron procesados, pero al cabo de seis meses estaban en libertad provisional, y al año siguiente se beneficiaron de las leyes de amnistía. Por contra, el Partido Carlista, que responsabilizó directamente al Gobierno de Carlos Arias Navarro de estar detrás de aquel suceso, vio como se le impedía participar en las primeras elecciones democráticas de 1977. Carlos Hugo renunció a sus derechos al trono en 1978. La Audiencia Nacional reconoció en el 2003 a los dos muertos como víctimas del terrorismo. 40 años después, las brumas sobre quién estaba detrás de aquella barbarie siguen sin haberse disipado.

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