Tuve placer que compartir con muchas personas que abarrotábamos el salón de actos del Instituto Sagasta, una charla del maestro de vida interior que es Pablo d´Ors.  Conocía previamente de su textos de espiritualidad y  novelas. Nieto de Eugenio d´Ors, el célebre ensayista catalán, madrileño, sacerdote, filosofo, teólogo, misionero en Honduras, profesor de Universidad, entregado a la pastoral hospitalaria, discípulo y maestro en meditación zen.

Desde luego es un comunicador nato. Se levantaba, actuaba, volvía a sentarse. Empezó contándonos aquella parábola de Tony de Mello en la que un gato asistía a la oración de los creyentes. Se acostumbraron a él y lo ataban la puerta para que no se marchase. Acabaron escribiéndose tratados sobre la importancia del gato en la meditación.

Luego cantó el estribillo de una canción de Taizé, nacida de un poema de Rosales, inspirado a su vez en San Juan de La Cruz: “De noche iremos, de noche/que para encontrar la fuente/sólo la sed nos alumbra/sólo la sed nos alumbra”. Y nos invitó a cantarla a coro, ya no recuerdo si dos o tres veces. Nos explicó que quería provocarnos el efecto de que surgiera una sonrisa en nuestros labios. Con ello estábamos en disposición de captar profundamente lo que quería transmitirnos, sin que intentásemos racionalizarlo. En términos psicológicos, despertó nuestra hemisferio -para la mayoría, es el derecho- encargado de aprehender la emoción, la belleza, la totalidad, mientras que el otro se dedica a lo racional, lo analítico, diseccionador de la realidad fraccionándola.

De la canción hay tres aspectos fundamentales: la fuente, la noche y la sed que nos ilumina el camino oscuro que lleva a aquella. Noche y sed compartidas por todas las personas, sea cual fuere su condición social o personal, sus creencias o increencias. Ese camino puede  ser recorrido y lo ha sido por gentes muy variadas, de todos los tiempos y lugares. Es verdad que conviene tener uno o varios maestros que nos inicien y acompañen en ese recorrido.

Nos retó a hacer una experiencia: ponernos delante de un espejo y estar diez minutos contemplando nuestro rostro. Según nos contó, la mayor parte de las personas acaban estallando en sollozos. Acaban brotando las heridas que llevamos acumuladas a lo largo de nuestra vida.

¿Cómo se superan esas heridas anímicas?. Las ofensas recibidas pueden provocarnos tres reacciones: la venganza, pagar con la misma moneda, el ojo por ojo de tiempos pasados; el rencor, cuando reprimimos el deseo de venganza y dejamos que nos vaya envenenando, para que luego nos brote extemporáneamente con personas o situaciones alejadas del origen del mal sufrido. O la reconciliación, el perdón a nosotros mismos y a los demás.

Tenemos que aprender a meditar o en lenguaje creyente sumergirnos en la contemplación. La con-templación -como el origen etimológicos de la palabra indica- tiene lugar en el templo: dentro de nosotros mismos, como dice el Evangelio somos templo del Espíritu.

Si meditamos no nos di-vertimos -esparcirse- sino que llegaremos a la con-versión, a reunir lo que está fraccionado dentro de nosotros. Esa unidad, esa común-unidad con todo el universo, es la fuente a la que se  llega por la vía de la meditación. Se logra descentrándose, matando al ego, esa imagen que nos hemos fabricado y que deseamos que quieran ver los demás como nuestra identidad personal. Cuando lo que verdaderamente somos el sí-mismo profundo es luz, ¡ay! empañada por sombras y defectos.

Son tres los defectos claves de la condición humana: el tener, el afán de acaparar; el poder, el afán de dominio sobre los demás seres humanos y sobre la naturaleza; y la vanidad, el orgullo de creernos superiores, el pecado del endiosamiento. Sólo el compartir, el reconocernos hermanos de todos seres y la humildad nos llevarán a ser seres de luz, divinizados por ese Misterio presente y fundante de toda la realidad, al que algunos llamarán la Nada y otros Dios.

La vía que nos propuso Pablo d´Ors es la pasiva predominante en Oriente: dedicar un mínimo de 20 minutos al día a tomar consciencia de nuestra respiración, inspirar y espirar. Tarea ardua, al principio, pues la jaula de grillos de nuestra imaginación nos distraerá con harta frecuencia. Su práctica perseverante nos transformará y entonces estaremos en condiciones de trasformar al mundo.

En el coloquio hubo una pregunta de un militante de la HOAC, que comparto íntimamente. ¿Cómo esperar a que acabe de transformarme yo, proceso que parece puede durar años, si la realidad injusta de este mundo, el rostro de los sufrientes nos interpela para aliviar su dolor y luchar contra la injusticia estructural?. ¿No nos transforma también esa lucha externa que debe ir pareja  a la interior?. Pablo dijo que tiene tres maestros inspiradores: Mahatma Ghandi, Carlos de Foucauld y Simone Weil. ¿El ejemplo del primero y la última no nos lanza a resistir el mal y hacer el bien en la sociedad, sin por ello dejar de cultivar nuestra progresión interior?. La imagen de Jesús de Nazaret, clave para los cristianos y su mandato que hemos recordado recientemente “dadles de comer vosotros”, ¿no es una expresión de esa Redención que Pablo d´Ors presentó como centro de la fe cristiana?

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