No hay duda de que el actual Obispo de Roma, Francisco, no deja indiferente a nadie. Recibe aplausos y adhesiones, tanto dentro como fuera de la Iglesia católica- quizá más fuera que dentro-. Es ya una figura mediática, tanto por sus palabras, como por sus gestos.

Sus respuestas espontáneas a preguntas de sus interlocutores, sus homilías, y sus dos documentos Evangelii Gaudium y Amoris Letitia han provocado un cúmulo de reacciones y comentarios. Quiere una Iglesia abierta, que no condene, sino que se abra al mundo como un hospital de campaña, situada en las periferias. Ha devuelto para muchos la frescura lozana del evangelio, despojado de las telarañas polvorientas de catecismos y rigideces canónicas. Por eso, no deja de encontrar tantas resistencias en miembros del episcopado -sobre todo en Roma, USA y aquí en España- pero él sigue insistiendo en tres aspectos, aunque provoquen suspicacias y remilgos: la alegría de la Buena Noticia, la misericordia, nacida directamente del útero materno de Dios, y la justicia -gemela de la misericordia bíblica- que coloca a los excluidos en el centro de toda actuación.

Convocó un Sínodo sobre la familia y abrió la puerta para que llegasen respuestas y sugerencias de todo el Pueblo de Dios. Algunos quisieron centrarse exclusivamente en la prohibición canónica de que se acercasen a comulgar los divorciados vueltos a casar.

Se celebró la magna reunión en que los padres sinodales discutieron, elaboraron sus propuestas y las votaron. Francisco, defensor a ultranza de espíritu sinodal, no decidió unilateralmente, sino que en base a ellas lanzó su mensaje.

Quizá el más certero análisis de este documento papal sea el que hace el jesuita Masiá, al que Rouco le privó de su docencia en la universidad de Comillas y que hoy ejerce su magisterio en Japón. Para él, Bergoglio -con símil ciclista-se ha escapado del pelotón y ha abierto una cuarta vía.

La primera es la tentación del inmovilismo, mantener intacta la vigente disciplina, no cambiar un ápice, condenar tajantemente a quienes se apartan de ella.

La segunda, la revolucionaria, sería un acto radical de potestad del primado, abolir esas estructuras caducas y plantear una reforma a fondo, más acorde con las exigencias actuales. Podría hacerlo, pero ¿con qué costo? ¿No daría lugar a una cisma interno? O, ¿en caso de acatarla, no sería a regañadientes?

La tercera, corresponde al sentir de la mayoría sinodal, una solución intermedia entre las dos anteriores, que, en el fondo, deja insatisfechos a todos.

Lo original es la cuarta vía que ha elegido, basada en un discernimiento personal y pastoral. Contiene varios aspectos: El reconocimiento, apelando a la autoridad del mayor teólogo, Tomás de Aquino, de la conciencia personal. Esto lleva consigo que una persona pueda encontrarse en una situación objetivamente reprobable, pero que no lo sea a nivel subjetivo. Analiza la situación real de las familias de hoy: uniones de hecho; divorcios; parejas del mismo sexo,  descenso de la natalidad; familias desestructuradas; falta de trabajo; no conciliación de la vida laboral y familiar; falta de techo hogareño; desarraigo… Reconocimiento de los auténticos valores familiares que deben iluminar y alentar a superar las dificultades. Acompañamiento de las familias que sufren por esas situaciones para que vayan creciendo gradualmente en la realización de esos valores. En definitiva, ha abandonado el semáforo canónico y postula una brújula pastoral. ¿No es el estilo de este seguidor de Ignacio de Loyola y de Francisco de Asís?

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