Me interesa mucho la política, pero he de confesar que desde hace tiempo hago oídos sordos a las paridas que sueltan los políticos al uso que padecemos y a los que suicidamente seguimos votando. Pero mucho más ignoro los comentarios subsiguientes, coreándolos o atacándolos, que suscitan en los medios audiovisuales y en las redes sociales.

En una reciente reunión de amigos alguien sacó a relucir una frase de una política que parecía estar abierta a tener hijos, pero exigiendo que de su crianza y educación se encargase la tribu. Ignoro de qué formación política era la autora de semejante desahogo, si era una aspiración personal o una tesis compartida por su partido. Al recordar la conversación, me viene a la memoria que en la antigua Grecia, a la cual aluden los teóricos políticos como cuna de la democracia, la categoría básica era ser ciudadanos – o sea varones, libres, no extranjeros- no la de individuos. Una de sus legisladores conocidos proclamaba que los hijos no era propiedad de los padres, sino de la polis. Y en Roma el paterfamilias tenía derecho de vida y muerte sobre los hijos; podía eliminarlos por deformidad, motivos económicos o de comodidad.

El filósofo Marina nos recuerda el dicho africano de que para educar a un niño se necesita a toda la tribu. Esto no excluye a la familia, ni mucho menos, sino que expone que la educación total viene no sólo del entorno familiar, sino de la totalidad del ambiente social. La familia es una necesidad biológica de la especie humana, pero su desarrollo ha variado a lo largo de la historia. Hasta hace poco existía en Occidente la familia larga. No era la nuclear actual de padres e hijos. Abarcaba ambas ramas materna y paterna, con hijos, abuelos, tíos, primos, hermanos. Casas grandes para celebrar fiestas familiares. En los pueblos, la comunidad vecinal celebra sus fiestas patronales. El tañido de las campanas y las visitas al cementerio para enterrar los restos de los difuntos, marcaban hitos de la vida comunal. Los relatos de los abuelos a la luz de lumbre servían para la transmisión de la memoria común.

La vida actual ha mermado la extensión y forma de las familias: abuelos, parejas con muy pocos hijos o ninguno, casas pequeñas. Matrimonios disueltos con  nuevas relaciones, uniones de hecho, familias desestructuradas, de personas del mismo sexo, uniparentales, con mascotas. Trabajando ambos progenitores o ninguno. Trabajos basura, en remuneración, a tiempo parcial, esporádicos.

Medios audiovisuales, móviles y otros artilugios electrónicos, redes sociales a disposición de los niños desde muy temprana edad.   Niños que pasan cantidad de horas sólos a merced de estos nuevos instrumentos que son la expresión de la tribu de hoy.

Criar y educar a los niños es darles primero cariño, alimentación, enseñarles el idioma que para ellos será el vernáculo, empezar su proceso de socialización, enseñándoles hábitos de comportamiento, de respeto, con imposición de límites razonables, y aceptación de las frustraciones por no poder satisfacer sus deseos caprichosos.  Esto ha de empezarse en la familia, por vía de ejemplo y de palabras de estímulo o de corrección. ¿Cuántas familias están preparadas para ello?. Pero ha de prolongarse a través de los demás medios sociales en los que desarrolla la vida -la tribu-. ¿Hoy la tribu educa o más bien deseduca?.

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