Ser humano no es nada sencillo. Hemos de hacernos a lo largo de nuestra existencia, en un proceso que sólo culmina en el instante de nuestra muerte. Ortega decía que soy yo y mi circunstancia, mas añadía que he de salvar mi circunstancia para salvarme yo; marcando la diferencia con aquellos posturas intimistas que reducen nuestro mejoramiento a un mero cambio interior, como si esto fuera posible, sin alterar el entorno o al menos intentarlo. Hoy tenemos que modificar la definición orteguiana afirmando que somos nuestros genes, nuestras circunstancias y el azar.

El aspecto interior de mi crecimiento como persona se basa en la conquista de mi libertad. Con dos vertientes también: el autocontrol de mis apetencias primarias, de mis deseos, para consolidar una voluntad capaz de perseverar en mis objetivos básicos. La libertad no es hacer lo que a uno le da la gana, el seguir irreflexivamente impulsos momentáneos, sino asumir la responsabilidad de nuestros propios actos, -sopesándolos, con el riesgo inherente a cualquier decisión- para nosotros y para quienes nos rodean.

La conquista de la libertad tiene también una vertiente externa: romper las cadenas que intentan oprimir a nosotros y a los demás seres -no puedo ser libre, mientras haya un sólo esclavo en el mundo-. Conocer los límites sociales que permiten y marcan el terreno de la libertad posible, respetarlos, no caer en la desmesura de una ciega libertad ilimitada. Esto implica la necesidad racional de examinar los mandatos externos, la libertad de conciencia para saber cuándo obedecer y cuándo desobedecer, para salvaguardar mi dignidad y la de los demás seres humanos. Con-sciencia que como su origen etimológico revela, nunca puede ser solitaria, para ser personal ha de tener raíces y apoyatura grupal.

El salvaguardar la dignidad entraña el descubrimiento de una ética que marca la diferencia entre el bien y el mal. Bien es aquello que se asienta en la dignidad y que como consecuencia trae la felicidad profunda. Mal es lo que la hiere y provoca la infelicidad. Resistir el mal, combatirlo, tratar de erradicarlo es la primera tarea de un humano libre y por ende responsable. Y hacer el bien es forjar una sociedad justa donde los humanos vivan  fraternalmente. La libertad y la justicia son inseparables, no se puede conquistar la una, posponiendo o minimizando la otra.

Si nos examinamos sin prejuicios, veremos que dentro nosotros hay una parte que nos empuja  al bien y otra al mal. Podemos ser egoístas acaparadores y destructores o desprendidos que comparten y construyen para la paz. ¿No es cierto que podemos convertirnos en bestias o elevarnos para llegar a ser ángeles?. Los que nos decimos seguidores de Jesús de Nazaret tenemos su ejemplo y el núcleo de su Mensaje: “amaos lo unos a los otros”. ¿Lo vivimos?.

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