A La Rioja, nuestra Tierra, se la ha venido definiendo como Tierra Abierta, lo cual se usa de reclamo turístico, aunque desgraciadamente en la historia se nos han impuesto divisorias, incluso parcelando lo que la geografía y la convivencia cultural impone como unidad variada y mudable. Lo peor es que bastantes de nuestros paisanos han interiorizado esos muros excluyentes hacia otros riojanos de origen o venidos de otras tierras próximas o lejanas. Ese mestizaje fecundo es lo que denota esa vocación de apertura rasgo máximo de nuestra riojaneidad.

Pero quizá lo que mejor nos cuadra es reconocernos como cruce de caminos, origen de esa natural condición de Tierra Abierta.

El más antiguo que conozco, quizá haya que encontrar su origen en la prehistoria, es el de la Mesta. Al llegar la época invernal, los pastores de nuestras sierras llevaban sus ganados a pastar hacia lo lo que luego se llamaría Extremadura y Andalucía. La vieja melodía: “Ya se van los pastores/ hacia la Extremadura/ ya se queda la sierra/ triste y vacía” se sigue escuchando en el carillón de un reloj de la plaza del Espolón de la capital riojana. Claro que la Mesta tenía también otros orígenes en las montañas cántabras o leonesas. Hay autores que ven en la necesidad de recobrar el tránsito por las viejas cañadas, interrumpido por la expansión musulmana, el acicate de los reinos cristianos del norte en su avance militar hacia el sur, en lo que se llamó la Reconquista.

Otro camino fue el fluvial del Ebro, desde Tarraco hacia el puerto de Varea. Por ese camino se exportaban las ánforas, fabricadas en hornos de Tricio y pueblos aledaños, necesarias para el comercio del imperio romano. Las calzadas romanas, la paralela al Ebro y la vertical de la meseta hacia el norte cruzaban nuestra Tierra y sirvieron para su conquista y dominación militar, su colonización cultural con la implantación del latín. A través de la calzada horizontal nos llegó también la cristianización, desde Tarraco, la primera sede episcopal de Hispania.

Pero es seguramente el Camino de Santiago con sus distintos ramales el que más nos influyó. El primitivo, del Norte, atravesando a través del túnel de san Adrián, en la divisoria de Guipúzcoa y Alava  que seguía por Vitoria y cruzaba luego el Ebro para llegar a Haro. O el más famoso, el llamado francés, con sus ramales navarro y aragonés, que impulsado por Sancho III el Mayor, llegaba a Logroño, donde se juntaba con el del Ebro que seguía la calzada romana desde Tarraco. Por él llegaban los peregrinos, en su mayoría penitentes, ansiosos de llegar a Compostela donde según la leyenda descansan los restos del apóstol Santiago mayor. Pero a través de él llegaban también mercaderes, pícaros, juglares, rameras, y les aguardaban malhechores para robarlos y matarlos en muchos casos. Fué este Camino, más que los de Roma y Jerusalén el que vertebró la cristiandad. Y rompió la fascinación de los hispanos por la superior cultura y economía del mundo musulmán, establecido en el califato cordobés. Su importancia económica y cultural se ha estudiado copiosamente. Los monasterios de benedictinos y cluniacenses, establecidos en los aledaños del camino sirvieron al propósito del papado de imponer su centralización disciplinar y litúrgica y acabar con la peculiaridad mozárabe. En lo jurídico, los fueros de francos, empezando por el de Jaca y expandido luego al barrio pamplonés habitado por francos, el de Estella, abierta para estos pobladores y cerrada a los navarros autóctonos, pues la nobleza de este viejo reino no veía con buenos ojos ese conjunto de libertades que elevaba la condición de sus siervos; el de Logroño, más moderno pues se aplicaba tanto a hispanos como a la población transpirenaica, con independencia de su condición estamental: Este fuero fué dado por monarcas navarros  y castellanos a Laguardia, Vitoria, Bilbao y de más villas y ciudad del Señorío mientras que el franco de Pamplona fue dado a las de Guipúzcoa.  Con ello se aseguraban la devoción de los antiguos siervos a pesar de las resistencias de los jauntxos locales.

La ruta de los laneros, que como se nombre indica servía para el transporte de la lana de las ovejas merinas, que recorría transversalmente nuestra sierras, desde Agreda, Cervera, Munilla, Soto, Ezcaray y Belorado, hacia Burgos y Medina del Campo -donde se centralizaba el mercado de la lana, seguramente controlado por judíos conversos- del reino de Castilla, para su posterior exportación por los puertos del Cantábrico.

Hace pocos años, se inauguró un camino cultural con origen en San Millán de la Cogolla, donde en las famosas Glosas Emilianenses, aparecen las frases escritas en el nuevo romance que con el tiempo llegaría a convertirse en la lingua franca de los hispanos y que recibiría el nombre de castellano pues la chancillería del Reino de Castilla abandonó el latín para redactar sus documentos y empezó a utilizar el nuevo idioma. Camino que recorre ciudades y universidades castellanas y llega más allá del Atlántico a las tierras de América donde como fruto de la conquista hoy se habla el que se conoce mundialmente como español. Amigos de La Rioja propuso hace años la creación de otro camino cultural, desde Sara, la población de la Baja Navarra donde se escribió el primer libro en euskara -la traducción de la Biblia- hasta San Millán en cuyas glosas aparecen también las dos primeras frases escritas en este idioma por un monje trilingüe que ya no dominaba bien el latín y tuvo que ayudarse de esas glosas en el nuevo romance y en euskara para comprende mejor el significado del original latino. Propuesta que no fructificó por el escaso interés de las autoridades políticas.

El último camino recién creado es la ruta ignaciana que parte de Loyola en Azpeitia , la casa natal de San Ignacio, para recrear el viaje que realizó después de su conversión. Llega a La Rioja, donde se detuvo en Navarrete para reconocer y dotar a una hija que tuvo cuando servía como militar a las órdenes del Duque de Nájera. Y llega a la cueva de Manresa, donde estuvo en oración y meditación que le sirvió para escribir sus famosos Ejercicios Espirituales.

Esta es nuestra Tierra, mestiza, La Rioja, cruce de caminos. ¿Es de extrañar que nuestro mejor símbolo no sean torres, castillos ni murallas, sino el puente, recogido como emblema heráldico de la mayoría de nuestras poblaciones?.

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