Los seres humanos nos integramos en grupos, dada nuestra naturaleza social, biológica y culturalmente. Una característica de la complejidad plural de las sociedades de hoy es la abundancia de grupos a los que pertenecemos o podemos llegar a pertenecer. Para empezar por la familia en la que nacemos y nos criamos. Triste condición la de quienes son abandonados o malcriados en un ambiente sin un cariño envolvente. Nuestra libertad, que tenemos que conquistar es la posibilidad de integrarnos en grupos posteriores y de abandonarlos cuando lo queramos. Llamamos sectas a aquellos grupos cerrados que niegan esa posibilidad de marcharse a sus miembros. Incluso la búsqueda de la autonomía nos lleva a romper el cordón umbilical con aquel grupo primario que es la familia. Todos conocemos a personas adultas biológicamente que no lo han hecho y siguen siendo en su psique menores de edad. Pero marcharse de la casa originaria no puede significar olvidarse de ella. No romper las raíces y desde ellas volar más alto y más lejos puede ser una metáfora ilustradora de lo que deber ser el camino de la vida humana.

Los grupos humanos no son en su funcionamiento igualitarios. En ellos surge siempre espontáneamente un guía o guías. No importa su género ni otras condiciones personales. Los demás le o les reconocen esa capacidad para impulsar la marcha del grupo. Incluso, dada la actual complejidad social, cabe perfectamente que quienes sean guías en algún o algunos grupos no lo sean en otros a los que también pertenezcan.

Pero, ¿qué tienen que tener de especial quienes ejerzan esa mando dentro de un grupo?. Suele decirse que un líder debe tener un carisma, apreciado por los miembros del grupo. Hoy, con el predominio, de los medios de comunicación, especialmente los audiovisuales, se tiende a fabricar esos carismas por los asesores de imagen. Les enseñan cómo vestirse, moverse, hablar, sonreír o mostrarse serios, incluso compungidos. Los convierten en actores cara a un público facilón y acrítico. De ahí la facilidad con que actores consagrados llegan a ser  dirigentes políticos.

Opino que el auténtico líder lo que debe tener es autoridad, nacida de la coherencia de su vida, de su veracidad, de su renuncia a emplear la mentira y la demagogia. Y tiene autoridad quien promueve la libertad de los miembros de su grupo, no quien los trata como a menores crédulos, dispuestos a embelesarse con falsas promesas. Es capaz de decirles la verdad, aunque les duela. Y les arrastra, no sólo con sus palabras razonables, sino, sobre todo, con su ejemplo. Sabe escuchar y discernir: prefiere la crítica a la adulación. Son notorios los casos en que un partido gobernante no tiene a su líder en el gobierno, sino fuera de él. La pregunta surge sola: ¿Conocemos a muchos líderes auténticos?.

Distintos de los líderes son los caudillos. Parece que fuese  unja característica de los países latinos. El Duce en Italia, el Generalísimo en España o los muchos que surgen en Iberoamérica.  Consiguen el poder por un golpe de Estado o tras una guerra, pero enseguida tratan de legitimarlo con unas elecciones donde han de ganar por mayoría aplastante. Son superiores al aparato político en el que se apoyan y manejan a su antojo. Y conciben su poder como vitalicio, aunque para ello tengan que modificar Constituciones que impongan límites temporales al desempeño del gobierno. No creen en más libertad que la suya, buscan el control de los medios privados de comunicación y usan los públicos como altavoz de sus megalomanías. Intentan morir en la cama, aferrados al poder y establecen su sucesión intentando dejar todo atado y bien atado. Sus sucesores, si son inteligentes, tratarán de cambiar aparentemente las reglas del juego, para que en el fondo todo siga igual.

Aunque sea un fenómeno, típicamente latino, a veces surgen en otras latitudes personajes que se asemejan al caudillaje. El actual candidato republicano a la Presidencia de USA, Trump, responde a ese patrón. No hay duda de que los medios audiovisuales de comunicación favorecen actualmente la popularidad de estos políticos.

¿Por qué siguen surgiendo nuevos caudillos?. Sencillamente por la escasez de demócratas convencidos entre los ciudadanos. Personas capaces de trabajar por el Bien Común, con un sentido crítico, que no sucumben al miedo y no necesitan un salvador que resuelva sus problemas. Esto se aprende desde la infancia. ¿No debe la escuela, y la sociedad entera, educar en la escucha, el diálogo, el respeto a quienes piensan diferente, y en el ejercicio paulatino de responsabilidades colectivas?.

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