Se viene repitiendo hasta la saciedad eso de que ya no hay derechas ni izquierdas.  Como todo tópico tiene algo de verdad, pero no es del todo exacto. Lo que llamamos derecha tiene su eje en el bolsillo y eso confuso que es la izquierda en el corazón. Otra nota distintiva es que los grupos de derecha llegan con facilidad a acuerdos pues se basan en intereses, mientras que nunca ha existido una izquierda, sino varias y muchas veces contrapuestas, hasta el punto de que no han tenido inconveniente en hacer pinza con la derecha para ningunear a sus rivales izquierdosos. La confusión deriva de que ambas, derechas e izquierdas predominantes, han abdicado de sus orígenes -las primeras del conservadurismo y de la democracia cristiana- y las segundas de la socialdemocracia, para ser fagocitadas por el neoliberalismo. Las diferencias son de grado; aquellas con entusiasmo y éstas con reticencias.

Por eso, para diferenciarse ante la opinión pública, hablan mucho de la contraposición entre valores tradicionales y progresismo. Y unos y otros emplean la religión como instrumento político. Desde la derecha se habla de nuestra raíz cultural y dicen defender la religión. Mientras la izquierda hace de los ataques contra ella su seña actual de identidad. La pervivencia en nuestra Patria de la mentalidad nacionalcatólica y la postura partidista de gran parte de la jerarquía eclesiástica facilita la confusión interesada.

La ignorancia histórica y cultural de los protagonistas de esta instrumentalización de la religión es mayúscula. La esencia del Mensaje de Jesús y las exigencias de la libertad religiosa tienen unas consecuencias claras. El reconocimiento de la autonomía del orden temporal, la pérdida de los privilegios eclesiales, acordados o no, el derecho de la Iglesia a a su presencia pública, nunca impositiva sino oferente, evitarían esa manipulación. Esa presencia tiene además su parte de denuncia profética: en esta cuestión recriminando enérgicamente a ambas partes su intento de instrumentalizarla.

El Estado debe ser totalmente aconfesional, modificando el artículo de la Constitución que encubiertamente y con  el argumento de la mayoría sociológica de bautizados establece una confesionalidad vergonzante. La presencia de autoridades civiles en actos religiosos ha de ser completamente voluntaria, pero no en sitios de honor que deben reservarse a los pobres, vicarios de Cristo en la tierra. Así los escándalos actuales por su presencia o ausencia dejarían de producirse.

No podemos ignorar la presencia creciente en nuestro suelo de creyentes musulmanes. Religión que no ha pasado por la criba de la Ilustración y que mantiene la subordinación de la política y de toda la sociedad a los preceptos coránicos. Para su acomodación necesaria a nuestro ordenamiento jurídico ¿no es necesario el respeto a la libertad religiosa con todas sus exigencias y el ejemplo de una Iglesia católica libre en un Estado también libre por aconfesional que no pretenda manipularla?.

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