¿En la sociedad actual tiene la Iglesia un papel político?. ¿Debe tenerlo?. Desde un laicismo excluyente se sostiene que no debe tenerlo y si lo tiene es como resto de una imposición propia del nacionalcatolicismo. Desearían verla reducida al interior de sus sacristías, sin más alcance que el de su posible control de las conciencias de sus fieles.

Recuerda Manuel Freijó que las religiones son comunidades narrativas que ayudan a vivir y morir digna y esperanzadamente. En las milenarias pueden distinguirse tres estadios: sus inicios, su tradición y su apertura a cada momento presente. La negación de la historia es una invitación solemne al fundamentalismo. Los que desean exclusivamente volver a los orígenes como única regla para vivir el cristianismo incurren en un patología despreciadora de las aportaciones de las generaciones pasadas y ciegos ante la realidad actual. Los que se aferran dogmáticamente a la tradición que creen inmutable, interpretada impositivamente por la jerarquía, rehúsan el acceso libre a las fuentes y desprecian los signos de los tiempos. Y quienes piensan que sólo interesa la realidad actual, con olvido de las fuentes y de la tradición, incurren en un fundamentalismo de tipo sociológico. La armónica conjunción de los tres estadios, vivida con un discernimiento  escuchante del Espíritu, es lo que puede hacer que el Pueblo de Dios sea Iglesia fiel de Cristo. Una Iglesia POBRE, sin  privilegios heredados o conseguidos con Acuerdos con el Estado Vaticano, sobre su financiación,  fiscales y de todo tipo, transmisora de paz y misericordia, es la que puede presentarse con autoridad en la esfera pública.

Fiel a sus orígenes y aceptando lo válido hoy de su tradición, ha de reconocer la realidad de la sociedad actual. Una sociedad plural en la que conviven personas de múltiples creencias e increencias, con pluralidad de posturas éticas y en la que prevalece la mercantilización neoliberal, causante de una desigualdad social creciente. Con sus luces y sombras que le obligan a mirarlas con objetividad, pero desde los ojos de los excluídos. Y, mirando también dentro: ver de qué manera incumple en su propia casa el Mensaje de Jesús, discriminando principalmente a las mujeres, religiosas y laicas, y al resto del laicado. El primer papel a desempeñar por la Iglesia es el de su testimonio, desde la pobreza y en primera línea por la liberación de todas las exclusiones. No puede renunciar a alzar su voz que debe ser no de condena, sino de paz, justicia y libertad. Voz pública, nacida no sólo de la jerarquía, sino del trabajo conjunto de todos los segmentos del Pueblo de Dios. Voz no impositiva, sino respetuosa con la autonomía del orden temporal, como una oferta de reconciliación y esperanza para los ciudadanos y los poderes. Tiene todo el derecho y el deber de pronunciarla, como una más dentro del coro plural de esta sociedad heterogénea y sin más autoridad que la de su debilidad y la fuerza de su convicción vivida como testimonio. ¿No se echa en falta esa voz profética denunciadora de injusticias y llena de ternura?.

Anuncios