Lo que llamamos mundo es un conjunto de cosas, seres inanimados o animados, con las que el ser humano se tropieza en su devenir. Pero a lo largo de nuestra andadura, empezamos a relacionarnos con ellas. Con esa relación convertimos a las cosas en objetos.

Un objeto es una cosa, natural, salida de nuestra manipulación o virtual, que de alguna manera hago mía. Si un día de paseo veo una piedra que me llama la atención, la cojo, la sopeso entre mis manos, le doy la vuelta y luego vuelvo abandonarla, por unos instantes la habré hecho objeto, pero al dejarla vuelvo a su condición de cosa. Pero, si la recojo y me la llevo a casa, la habré convertido en objeto. De críos en el pueblo, solíamos ir a un barranco, donde abundaban las piritas; cuando encontrábamos alguna con forma cúbica perfecta, nos la metíamos en el bolsillo y nos la llevábamos como un tesoro, la habíamos convertido en un objeto nuestro. Un astrónomo que con su telescopio observa una estrella lejana y la estudia, la convierte en objeto, aunque esté a millones de años-luz  y si es el primero que la descubre hasta puede ponerle un nombre con que será conocida.

Muchos de esos objetos se nos han convertido casi en medios indispensables para existir en la sociedad actual. Con el alargamiento de la vida humana, vamos necesitando remiendos que nos permitan ir tirando. Así, llevo una prótesis de una lámina de titanio con sus tornillos correspondientes dentro de una pierna, que me permite andar aunque sea cojeando; las piezas postizas en la boca para seguir masticando; las gafas para corregir mi miopía; una válvula orgánica en mi corazón para sustituir a la aórtica que ya no desempeñaba su función; últimamente unos audífonos para salvar mi hipoacusia senil; y cuando salgo a la calle, he de acordarme de coger el bastón y una visera para proteger mi calva de los rayos solares por mi falta de melanina.

Al convertir las cosas en objetos, el ser humano se convierte en sujeto. Aparentemente puede ser dueño, pero como la palabra indica está sujeto a las cosas objetivadas. Si la sociedad le reconoce un derecho de propiedad sobre sus posesiones, podrá usarlas y disfrutarlas en exclusiva, llegando incluso a abusar de ellas en la lógica del derecho romano, resucitada por el liberalismo capitalista. Pero ese dominio es bidireccional: donde está tu tesoro está tu corazón. Lo peor es cuando la estructura del dominio se ejerce sobre otros seres humanos: en las formas clásicas de esclavitud o las modernas del trabajo servil y extenuante. También emponzoña las relaciones supuestamente amistosas o amorosas, en las que la ternura es sustituida por la dominación machista. Ese individualismo posesivo, típico de la condición de sujeto se da también en la explotación desde una familia, una polis, una nación, una ideología, una religión que aherroje las conciencias  y exija sumisión ciega e incondicional. Claro que la forma más sofisticada de explotación se da hoy, cuando es el propio sujeto quien se cosifica a sí mismo, se autoexplota despiadadamente, se exige un rendimiento económico máximo como única manera de realizarse.

También podemos a llegar a ser personas. Seres humanos que descubren sus límites, sus condicionamientos biológicos y culturales, y través de ellos se lanzan a la aventura de vivir en relaciones de fraternidad y sororidad con las demás personas, empezando por las más próximas,  y siguiendo por el resto de la humanidad. Pero no se detienen ahí, sino que descubren sus lazos de fraternidad, con el resto de los seres, animales o vegetales, con la misma tierra de la cual formamos parte indisoluble. El poverello de Asís nos señaló un camino de paz y armonía. Quien llega a ser persona, se descubre como un sujeto moral, que encuentra en el rostro del ser sufriente, la exigencia de una respuesta ética para ayudarlo y romper las cadenas que lo esclavizan a su pesar. ¿No son las exigencias de justicia, misericordia y lealtad las que definen la actitud de quienes han dejado de ser sujetos y se han convertido en personas, es decir en seres libres?

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