Zumalakarregi tras la toma de Etxarri-Aranatz.

Deia 

20/02/2016

Enrique de la Peña Varona

Una bala perdida durante el sitio de Bilbao fue el principio del fin de Tomás Zumalakarregi, que en pocos meses pasó de ser un coronel taciturno a encarnar la esperanza militar de los carlistas.

Hace ya cinco años, el autor de este artículo se dio de bruces con la biografía de Tomás Zumalakarregi; la curiosidad primero, y el asombro después, le llevaron a perseguir su sombra en textos antiguos y recientes y en los paisajes de nuestra tierra. Su figura sigue llena de misterio, tan huidiza como el primer día, pero la admiración que genera perdura como oro de ley. Si un héroe es definido como el autor de hechos portentosos, el caudillo guipuzcoano merece como nadie ese calificativo, y nos ha legado una herencia sutil, sus hechos y sus valores, que ha quedado indeleblemente unida al carácter de nuestra tierra.

Tomás Zumalakarregi Imaz (1788-1835) fue un hombre de su tiempo. Educado para escribano, la Guerra de la Independencia cambió el rumbo de su vida convirtiéndole en un militar de vocación en una época en la que el honor lo era casi todo. Quienes le conocieron le describían como un hombre de intensa mirada que todo lo parecía penetrar; reía poco y era callado y meditabundo, en exceso a decir de algunos; concienzudo en su trabajo, fue adorado por quienes se pusieron a sus órdenes y con ellos logró lo que nadie podía imaginar.

Su peripecia transcurrió en una época enormemente turbulenta, el terrible conflicto que sería denominado la Primera Guerra Carlista (1833-1840). En él, tras la fachada de la cuestión dinástica que oponía al infante Don Carlos y a la princesa Isabel, se combatía ferozmente por ideas antagónicas que enfrentaban hermano contra hermano. La burguesía luchaba a muerte por su ascenso al poder, el centralismo liberal pugnaba contra el foralismo y la tradición secular reaccionaba ante un modernismo apresurado. Resultado de todo ello fue un cruel enfrentamiento armado de siete años de duración; a decir de los historiadores, fue la guerra civil más sangrienta de la historia de España en proporción a su población.

Envuelto en la vorágine, Tomás tomó parte de ella. Aquel oscuro coronel, reconocido por su capacidad de organización, nunca se hubiera rebelado contra el poder constituido; y no lo hubiera hecho por honor, por carácter y por convicción, pero el poder le había apartado a causa de sus ideas políticas y, libre de toda atadura moral, ofreció su espada al pretendiente Don Carlos, a quien consideraba su rey legítimo. Zumalakarregi tomó una decisión descabellada, despreció los ofrecimientos del partido más fuerte y se adhirió a una causa perdida de antemano, porque la desigualdad de fuerzas era tal que la victoria era un imposible en noviembre de 1833.

Y sin embargo, su sola voluntad supo convertir aquellos cuatro mermados batallones de campesinos pésimamente armados en un ejército granítico de voluntarios entregados a su férrea tenacidad. Se volcó en la formación de los suyos, hizo cambios en el equipo que le dieron una enorme ventaja sobre sus enemigos y les condujo personalmente en el combate. Sus hombres le veneraban y él les consideraba héroes. Tres semanas ostentaba el mando cuando desde Bilbao llegó una angustiosa petición de auxilio; el potente ejército liberal amenazaba la perla de Bizkaia, que se había pronunciado por Carlos V. Zumalakarregi respondió a la llamada con sus pobres fuerzas y en solo dos días recorrió con sus hombres más de cien kilómetros de sendas embarradas. Pero, a su llegada a Alsasua todo estaba perdido; por el oeste llegaban fugitivos los carlistas, derrotados en Bizkaia y en Oñate; semejaban los restos de un naufragio y llevaban con ellos el espanto y el desastre; muchos de sus dirigentes habían huido a Francia y el desconcierto presagiaba la derrota definitiva. Sin embargo, el genial guipuzcoano emergió como un faro en la tempestad; puso orden en las filas derrotadas, serenó a los voluntarios y orientó a los dirigentes dándoles como respuesta disciplina, orden y seguridad. Las diputaciones de las provincias vascas y de Navarra supieron ver en aquel militar la respuesta a sus necesidades y le nombraron general en jefe de las fuerzas vasco-navarras. Y entonces ocurrió el milagro; quienes antes se sentían derrotados tomaron de nuevo sus armas y un nuevo espíritu galvanizó a los insurgentes; los campesinos contemplaban maravillados el cambio y preguntaban qué prodigio había ocurrido; pero no lo hubo, fue la voluntad de un hombre la fuente de un liderazgo en adelante indiscutido.

CAMPAÑA MEDIÁTICA

El gobierno liberal se esforzó en presentarle como un sanguinario jefe de bandoleros fanatizados, y una terrible campaña mediática se desató contra el general carlista desde el momento en que se convirtió en el catalizador de su causa. El lobo de las Amézcoas le apodaban, y se le mostraba en la prensa de la época como sediento de sangre. Y sin embargo, hasta sus propios enemigos le admiraron y los historiadores liberales reconocieron que cuando se apagara el fuego del rencor aquel tenaz guipuzcoano sería considerado una gloria nacional.

En el plano militar, Zumalakarregi se mostró autoritario y en ocasiones cruel; él fue responsable del fusilamiento de ciento veinte “peseteros” alaveses que se rindieron a condición de que sus vidas fueran respetadas; iracundo al recibir la noticia del ajusticiamiento de oficiales carlistas en Vitoria, no cedió a las súplicas de sus propios oficiales y se manifestó inconmovible. En otra ocasión, la toma frustrada del fuerte de Etxarri-Aranatz le indujo a sortear entre las dos compañías que incumplieron su misión, y dos soldados fueron pasados por las armas a modo de ejemplo. Meses de esfuerzo sin descanso, decisiones tomadas de forma inmediata, la necesidad de respuesta a las tropelías del enemigo… todo ello pudiera explicar, aunque no justificar, tal actitud que fue común en aquel conflicto y aún más implacable entre los representantes del gobierno central.

Vencedor de cinco virreyes de Navarra y de las mejores espadas de su tiempo, le reprochaban los mandos liberales que sus victorias fueran fruto de la sorpresa y del conocimiento del paisaje, y no tanto de la pericia en el mando de grandes masas militares. Pobre disculpa que no valora la enorme superioridad de sus contrarios en hombres, armamento y equipo, ni tiene en cuenta los constantes esfuerzos del militar de Ormaiztegi por ahorrar la sangre de sus voluntarios.

Hoy en día, algunos de los modernos historiadores hacen referencia a su actitud “monjil” y a su sumisión a don Carlos, y nos recuerdan sus crueles represalias hacia los prisioneros. Hay incluso quien le considera no tanto un gran militar como “un tuerto en el país de los ciegos”. Sin embargo, en su afán desmitificador, olvidan al hombre de su tiempo que ve morir, a causa de una ley marcial sorda a toda humanidad, a cientos de voluntarios y paisanos; soslayan también su visión táctica evidenciada en tantos combates, su magistral utilización del terreno y la capacidad estratégica que mostró en la toma de Villafranca (Ordizia), que conllevó la total desmoralización del enemigo y su huida al otro lado del Ebro tras derrotar a fuerzas que triplicaban las suyas.

DESDEÑÓ TÍTULOS

El caudillo carlista fue un general sin uniforme que desdeñaba títulos y honores. Tras la toma de Treviño, Don Carlos le ofreció la grandeza de España, pero el militar respondió al pretendiente con su habitual e irónica brusquedad: “Después de entrar en Cádiz lo pensaremos; por ahora no estamos seguros ni aún en el Pirineo, y un título cualquiera no sería hoy sino un paso hacia el ridículo”. Zumalakarregi se consideraba más necesario entre sus voluntarios que en las antesalas; nunca gustó de titulados ni de atildados y, ante él, quien deseara ascensos había de lograrlos en el campo de batalla: “Aquí tenemos más necesidad de soldados que de oficiales; quien quiera charreteras deberá ganárselas; todo el que no haya sido herido o muerto en el plazo de tres meses, es un cobarde”.

Durante veinte meses, el general de Ormaiztegi llevó a sus hombres de victoria en victoria y, batidos sus enemigos en todos los frentes, el triunfo final parecía al alcance de la mano. Sin embargo, en junio de 1835, Zumalakarregi parecía cercano al agotamiento; se sentía enfermo y veía cómo la corte que rodeaba al pretendiente trataba de reducir su autoridad. Presentó su dimisión, pero el príncipe logró que la reconsiderara y que dirigiera sus esfuerzos a la decisiva toma de Bilbao. Y allí, en la cumbre de su éxito, le aguardaba su destino en el balcón de un caserón frente a la ciudad asediada. Una bala perdida hirió su rodilla, y aquella herida que no revestía gravedad tuvo para él y para sus seguidores funestas consecuencias; veinte meses de una autoridad incontestable le llevaron a tomar decisiones que minaron su salud y acabaron con su vida en la mañana del día de San Juan de 1835. Con su muerte quedaron desolados y huérfanos del Tío Tomássus voluntarios, y se desvanecieron buena parte de las esperanzas de aquel príncipe que soñaba con el solio real. Esta es la historia de un hombre que logró que una causa perdida renaciera mucho más fuerte hasta cimentar un poder capaz de poner en jaque a un gobierno que controlaba el 90% de los recursos del Estado. Sus herramientas no fueron otras que una estricta disciplina, el exquisito cuidado de los pueblos, la búsqueda incesante de recursos y el análisis permanente de sus enemigos; un esfuerzo agotador en medio de marchas incesantes, combates y asedios, planificando constantemente, gestionando la información y controlando el buen funcionamiento de sus fuerzas civiles y militares. Supo legar a su rey un ejército decidido y fogueado que fue la base de un poder, el carlista, que se sostuvo pujante durante cinco años y al que sólo pudieron derrotar sus propias contradicciones.

El legado de Tomás Zumalakarregi Imaz no fue material; murió con los bolsillos vacíos, pero nos dejó a quienes heredamos esta tierra un ejemplo imperecedero de virtuosismo, lealtad y honestidad, valores que hoy en día tanto anhelamos en nuestros líderes y que son parte de la esencia de nuestro pueblo.

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