No hay pueblo, ni grupo humano estable que no esté aglutinado por una tradición. Y por tradición se entiende un conjunto de costumbres, ideario común, ritos que sostienen y refuerzan la conciencia de constituir un nosotros, diferenciado de otros nosotros, dotados a su vez de unas tradiciones distintas. Hay que hacer una advertencia: todas las tradiciones nacen y mueren. No suele saberse su fecha de nacimiento, seguramente por el hecho de que las leyendas míticas que rodean las tradiciones tienden a retrotraer su nacimiento al origen de los tiempos.

Las sociedades actuales se caracterizan por su heterogeneidad. Una de las formas más claras de manifestarse es en relación con la tradición. Podemos, a grandes rasgos, distinguir tres grandes grupos. Están, en primer lugar, las marionetas, quienes se aferran de manera ciega e indiscriminada a la tradición, queriendo conservarla sin mudarla en un sólo ápice y mantenerla así inmutable hasta el final de los tiempos. Tal como la recibieron, sin posibilidad de interpretación ni de adecuación a la realidad cambiante. Es indudable que el miedo es una raíz psicológica muy profunda de esta actitud. Recoger la herencia, encerrarla como oro en paño y transmitirla tal cual a las generaciones posteriores. Se da en todos los ámbitos humanos, siendo más palpable en política y religión. El pensamiento contrarrevolucionario frente a los desvíos de la Revolución Francesa, es un buen ejemplo.  La consigna de Josep de Maistre, una de sus figuras más destacadas. “con nuestros abuelos, contra nuestros padres”, es ilustrativa. En el área religioso, el cisma lefebriano contra el Concilio Vaticano II es buena muestra. Y la resistencia de gran parte de la cúpula católica contra los gestos del Pastor Francisco responde a este miedo a los cambios.

Luego están los desertores, el grupo mayoritario. Son los que ha roto totalmente con las tradiciones. Apuestan por la moda, por lo efímero, frente a las costumbres. Es el tono dominante en los tiempos actuales. No quieren saber nada del ayer, ni se preocupan por dejar nada a los siguientes. Abominan de los antecesores y se niegan a la descendencia. El capricho y el me gusta o no, individualista, domina sus vidas. El estar bien basado en acumular y aparentar rige sus vidas. No piensan, se limitan a repetir las consignas inventadas por la publicidad comercial o política. Moldeados por el neoliberalismo, se creen libres porque no se ponen límites, aceptan sumisamente los que les vienen desde el sistema. ¿Es de extrañar que la corrupción y el envilecimiento sean el clima dominante, en la cúspide y abajo? Reniegan de la autoridad para acatar sumisamente los poderes dominantes. Cierran sus ojos ante el dolor y la soledad ajenos, pues bastante tienen con adorar su ombligo.

Luego están los herederos. Los que se saben un eslabón de una cadena frágil que tuvo un principio y tendrá un fin. Reciben la herencia, pero sólo la aceptan a título de inventario. Desechan la parte de ella que es inservible y no dudan en enriquecerla con nuevas aportaciones. Saben que pueden equivocarse. Pero tienen una brújula triple: Mirar hacia el origen auténtico, no perder de vista al resto de los seres, sobre todo los humanos, que pueblan el planeta y responsabilizarse de las generaciones futuras. Pensando en ellas, a las que quieren entregar una herencia actualizada y mejor, dedican sus afanes, encontrando en ello el sentido de su vida.

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