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Fragmentos del prólogo que escribió Don Carlos Javier para el libro de Josep Carles Clemente “Breve Historia del Carlismo”, editado en el año 2001 por Magalia y que forma parte de la colección “Biblioteca Popular Carlista”.

Ahora, cuando nuestra Patria contempla un futuro brillante, nos toca volver nuestra vista hacia estos tiempos, cuando se forjó nuestra dinámica actual, que nos permite ser un protagonista de primera magnitud en Europa y en el mundo.

Nuestra historia más reciente se desenvuelve en el periodo franquista. Pero ahora, con la integración en Europa a nuestras espaldas, incluso entregados al proceso de globalización, parece oportuno repasar los hitos de la transición democrática y del carlismo (…).

Siempre habíamos deseado, los carlistas, que hubiese democracia. Es decir, libertad no solo para votar, sino para crear y para participar. Por esto el carlismo ha practicado su propia democratización de los presupuestos seculares para ayudar precisamente a la democratización del país; pero a sabiendas que se trata tan sólo de una etapa en un largo camino. Aún queda mucho por hacer frente a la pobreza, a la injusticia.

Es difícil tipificar lo nuestro, colocarlo en el amplio espectro político. Evidentemente no todo es comunismo a la izquierda ni fascismo a la derecha. En tiempos de la dictadura, antítesis del socialismo, cuando no era posible el dialogo y el juego político consistía en mantener los odios de antaño, entonces el carlismo recurrió a sus raíces populares, para desde ahí formular una nueva propuesta socialista. Su historia de defensa del pueblo y de su derecho a participar en la gestión común, en la administración de lo colectivo, en defensa de los derechos regionales, le llevaba en este sentido.

(…) Su ideal de Autogestión, que se elaboró y consolido en el curso de una lucha que se inicia en 1957, contra la dictadura, se centra en la idea de que la persona tiene que participar plenamente en las decisiones que están en la base del proceso social: si no el individuo está alejado de toda verdadera autoridad en el acontecimiento sociopolítico y económico. Por ejemplo, el Carlismo siempre ha deseado que el partido político no fuera una simple maquina electoral que le permitiese al ciudadano elegir a aquellos que hablaran en su nombre, pero sin más participación en las decisiones de cada día. Para nosotros, el partido debe ser un lugar no solo de compromiso sino de pleno desenvolvimiento del individuo (…) Los grandes partidos aún no han logrado transformarse en vehículos de la vivencia política popular y ciudadana. La Autogestión política que propone el carlismo sería precisamente una metodología, una vía, para abrir al ciudadano el camino de la participación activa. Así se espera poder evitar la “partitocracia” que hoy muchos critican, pero cuyo defecto no saben como subsanar.

El sindicato, también, podría ser un lugar de plena responsabilidad. Hasta ahora, muchas veces, sólo ha sido un instrumento defensivo en manos de la clase obrera, y no suficientemente una vía para la participación en las decisiones socioeconómicas de la sociedad. Condenado así a la defensiva, se le acusa luego de no presentar soluciones productivas.

No se trata tanto de una participación directa en la marcha de la empresa, sino de una responsabilización en las decisiones de materia económica a niveles de los gobiernos. El trabajador no es una máquina que conviene cuidar, sino una persona que conviene responsabilizar. Para nosotros son también esenciales las comunidades históricas que constituyen los Estados modernos. La defensa de nuestros viejos Fueros se ha transformado en un reclamo autonómico cada vez más pronunciado, que responde a un anhelo federalista y se proyecta con mayor virtualidad hoy en una Europa en trance de unificación. Así el Carlismo, este antiguo movimiento popular enemigo de la manipulación pasiva del ciudadano, deseoso de su mayor libertad, abre las puertas del porvenir. Jamás un gobierno ha intentado realizar plenamente la Autogestión, ni en lo político, ni en lo social, ni en lo autonómico. Pero precisamente con los formidables avances tecnológicos de hoy, podemos ir a una aplicación práctica de nuestro viejo ideal. Los pueblos democráticos tienden hoy a transformar sus estructuras políticas en ese sentido. Los instrumentos y las posibilidades de comunicación puestos a su alcance, permiten al hombre participar en las decisiones al nivel de su colectividad local, nacional, de Estado y hasta internacional. También puede dar soluciones imaginativas y nuevas a los problemas existentes. Participación quiere decir, para el hombre y la mujer, poder de iniciativa, poder de cambiar lo que concierne a la vida inmediata de cada uno, en su calle, en su entorno, en la ciudad en que vive, en su país, de manera muy directa. Esto es realmente el poder compartido. El carlismo siempre ha apuntado hacia una solidaridad vivida con amor y cada vez más desarrollada.

La historia, contrariamente a lo que muchos creen, no es el pasado: está permanentemente en movimiento. Muchas de sus perspectivas y propuestas están mas al orden del día que nunca, porque están en la onda de lo que los alemanes denominan “seitgeist”, el espíritu del tiempo.

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